Antes esto era llamado "De Eduardo Castañeda para el mundo", pero como nunca pasaba de 7 comentarios en una entrada, le di gas. Aquí encontrarás un pequeñísimo pedazo de mi vida, amores, errores, calores, etc. A su salud!

domingo, octubre 09, 2011

AMIGOS CON BENEFICIOS: Una película sin guión. *


AÚN NO HAS VISTO NADA

POR EDUARDO CASTAÑEDA SARABIA

AMIGOS CON BENEFICIOS: Una película sin guión.

ACTÚAN: Justin Timberlake, Mila Kunis, Jason Segel, Richard Jenkins, Patricia Clarkson.

DIRIGE: Will Gluck.

Con muchísimas concesiones, y con un guión que yo juraría es inexistente, Amigos con Beneficios es una bomba de tiempo que nunca llega a explotar.

Basándose en la química de sus protagonistas, el filme de Will Gluck apela a los instintos primigenios de la gran masa: pasar un rato de entretenimiento falaz en el cine frente a una pantalla que escupe imágenes. ¿Se obtiene? Sí, pero de una manera burda y casi insolente.

Sin ofrecer mayor mayor beneficio a los espectadores, la película es una anécdota de 15 minutos narrada a lo largo de 120 minutos. Un simple chiste, se alarga a historia épica.

Dylan (el apoteósico Justin Timberlake) es un editor de un importante blog de noticias. Es llamado a Nueva York para entrevistarse para un importante puesto para la revista GQ. La cazadora de talentos, Jamie (la impactante y chispeante Mila Kunis), es la encargada de convencerlo a cambiar de ciudad y de trabajo. Y él, seducido por los rascacielos y el dinero, acepta.

Hasta ahí, vamos bien. Lo que une a Dylan y a Jamie, además de la belleza física, es su soltería y su incesante deseo de sexo sin compromiso u obligatoriedad emocional o sentimental. Sobre una aplicación de Biblia para iPad, juran solemnemente no involucrarse más de lo carnal y fálico.

Craso error.

Blasfemando de fea manera y faltando al segundo mandamiento, los protagonistas se unen en carnalidad, soledad, amistad y prudencia en todo momento. Y como se sabe, es imposible involucrar sentimientos cuando la carne es llevada a mejor término.

Tanto Justin Timberlake como Mila Kunis tienen un imán y un magnetismo tremendo. Ambos, son dinamita. Pero eso no funciona a la hora de juntarlos durante dos horas frente a una cámara.

Si las notas de producción me dijeran que ambos improvisaron durante todo el filme, lo creería. Contada en tres actos (se conocen, copulan y se enamoran), la historia de Harley Peyton, Keith Merryman y David A. Newman no se levanta nunca del suelo. Cliché tras cliché, los dos jóvenes van en contra de su destino manifiesto: enamorarse.

La película me recuerda una estrofa de No Sabemos Amar, original de El Gran Silencio: “La vida es preocupaciones, nuestra carne es material: nuestros sueños son visiones del amor más comercial”.

Will Gluck, con dos filmes previos nunca estrenados en México, nos da cátedra de cómo alargar una premisa sin beneficio alguno. Ahh, y de cómo olvidarse de dos papeles de reparto que valen más que los estelares: Patricia Clarkson y Richard Jenkins.

Si reírse un rato de absurdidades es lo suyo, este es su filme. Pero de verdad, como producto cinematográfico, no ofrece beneficio alguno.

Esto ya pasaba en 1978: Eduardo@1330radio.com

miércoles, febrero 13, 2008

Quiere más

Realmente no entiendo a veces la fascinación que cierto tema, cierta letra, puede ejercer en cierta persona.
Y este es el mejor caso.
Azul Violeta, jalisquillos que trascendieron en cierta forma a nivel nacional, no ofrecieron gran calidad musical a largo plazo, es decir, no considero a alguno de sus discos como algo adelantado a su tiempo. De su Mini multi, pues este tema de "Quiere más", es por mucho, mi preferido.
Pues recuerdo que ese material me lo regalaron ellos mismos, en entrevista para El Norte. Cuál sería mi sorpresa que el mismo Hugo me dijo que la historia era verídica: que realmente conocieron a una zorrota que vivía en su edificio, que se comía cualquier garrote que pasara enfrente.

"Sentía por dentro que algo le quemaba
cada hombre que veía la excitaba
imaginaba como se vería
como una fiera furiosa en su cama".

Órale. Me gusta el parrafito, incluso rima.
La fuerza de su música, el bajo que atruena en los oídos, esa voz que clama dolorosamente, los teclados, sintetizadores, wow.
Sin ofrecer nada para el recuerdo, la letra de Hugo me deja un fraseo genial: "por la noches no dormía, se salía a caminar; como siempre terminaba donde había que cazar".
Y sí, conozco o conocí mujeres así.

martes, febrero 05, 2008

Las Flores

Con esto comienzo una renovación moral y literaria de este blog, comentando las canciones sin las cuales no podrían vivir, y que aunque suene cursi, formar parte del soundtrack de este drama que llamo vida.

LAS FLORES
by Café Tacvba

"Aaaaay, ven y cuéntame una historia
que me haga sentir bien"
En eso se resume este temita de los originarios de Satélite: hacer sentir bien a sus escuchas.
Cero experimentos, cero mamonerías, sólo un tema alegre, que con palabras simples, le dice a la hembra, o bueno, la pareja amada, lo importante que le resulta.
Alguna vez le dije a mi cocinera que se derretiría si alguien le dijera en una cita romántica esta increíble frase de don Rubén: "y miraré tus ojos, como si fueran los últimos de este país". Y lo sigo pensando.
Un ritmito sincopado, alegre, rápido y con la alternativa a que no te guste, pero lástima que es de los favoritos de la gente.
Breve, sustancioso, acucioso. El tema puede pasar a la historia como intrascendente, ya que hay mejores letras de los tacvbos, pero este tema me ofrece sanación, alegría, gratos recuerdos.
"Ven y cuéntame una historia que me haga sentir bien".
Esta es mi parte favorita del tema, de ahí se lanza alto, para no bajar, nunca bajar.
En esa espiral de emociones, se imagina a uno a Joselo, novio por aquellos entonces de Julieta Venegas, en franca rebeldía amorosa.

"Y que cada estrella
fuese una flor,
y asi regalarte
todo un racimo de estrellas".

¿Qué carajo pensaría el letrista al escribir eso? Es bastante cursi, boba, snob, incluso tonta, pero es de una brillantez que a la gente cínica nunca se le ocurren. En eso radica el éxito de los tacvbos: sin ser los genios letristas que México se merece, estos músicos supieron llegarle al corazón a la gente, sin pretensiones ni ideas asquerosamente comerciales.
De lo mejor es su versión de su unplugged, con Alejandro Flores dándole a la jarana, verseando y echándose un jam veracruzano con Rita Cantalagua. De ahí, mi fraseo predilecto es lo de "cuerda la de los cochinos, los cochinos tragan hierba".
Repito, nada sustancioso, pero así ha sido mi vida: un tema bueno por aquí, alguno genial por allá, pero nada como un tema populoso para cantar con los amigos.

lunes, noviembre 05, 2007

Frases muy muertas para un día muy vivo

Hola a todos.
Hace rato no me conectaba, ni escribía nada, pero aprovecho estas frases de Día de Muertos, que puse en mi local, para volver a las andadas.
Saludos!!!


Lo único seguro en la vida, es la muerte y pagar impuestos.

De borrachos y tragones están llenos los panteones.

Me tomé una chela bien muerta.

Güera: si te mueres, ¿quién te encuera?

Ya se lo cargó la huesuda.

Muerto de miedo.

Mujeres juntas, sólo difuntas.

No andaba muerto, andaba de parranda.

El muerto al pozo, y el vivo al gozo.

Al vivo todo le falta, y al muerto todo le sobra.

El muerto y el arrimado a los tres días apestan.

Le dije a mi perro que hiciera el muertito.

Muerto de hambre.

Muérete de la envidia, y vuélvete a morir.

De amor, nadie se ha muerto.

Que se mueran los feos, no importa que me quede solo.

Las traigo muertas.

Cáite cadaver.

Eres la cruz de mi calvario.

Te vas a morir, cabrón...

Antes muerta que sencilla.

Más vale un cobarde vivo, que un valiente muerto.

Se le subió el muerto.

Estás que te mueres por mí.

Asústame, panteón.

Si me muero, ¿qué va a ser de ti?

lunes, septiembre 10, 2007

Todo es perfectible

Lo siguiente es el texto de Rosa Martha de la Peña, la crítica culinaria de Vanguardia, que amablemente escribió acerca de mi restorán, El Hijo de la Tostada.



Todo es perfectible
Publicado el: 12-Agosto-2007

Hace unos días recibí una invitación vía Internet donde me enteraban de la inauguración de un nuevo restaurancito en el centro de la ciudad, El Hijo de la Tostada; ahí en plena calle Allende, pasando Juárez, se encuentra un pequeño, muy pequeño local, donde un emprendedor joven abrió un restaurante con especialidad en tostadas de pollo.

El nombre del lugar, más que su menú, me incitó a visitarlo y decidí comer ahí un día de esta semana.

El acceso al centro histórico sé que no es fácil, pero justo en frente de ahí hay un amplio estacionamiento donde podrá pararse sin ninguna dificultad, aunque tendrá que pagar.

Llegué y su amable propietario, Eduardo Castañeda, nos recibió con una sonrisa invitándonos a sentarnos en una de las 5 ó 6 mesas que hay, de esas tipo de Coca Cola, pero que están pulcra y sencillamente arregladas para recibir a los comensales.

Después de ordenar los refrescos, nos llevaron el menú, que es muy llamativo; diseñado como una carta de lotería muestra cada uno de los platillos que se ofrecen. Tengo que admitir que el menú es limitado, no muy ambicioso, pero ideal para empezar con un negocio de este tipo.

Mientras pensábamos qué ordenaríamos los refrescos llegaron a la mesa, para mi pesar, al tiempo, y aunque nos los sirvieron en unos simpáticos tarros con forma de bota vaquera y con mucho hielo, no hay nada mejor para acompañar una buena comida que un refresco bien helado, y en eso sí me fallaron.

Yo opté por una “Tostadota”, una gran tostada con su respectivo aguacate, bastante pollo deshebrado, tomate, crema y coronada con otra tostada, como si fuera una gran sándwich crujiente. La combinación resulta atractiva; si algo tengo que criticarle a mi platillo fue que la salsa con la que uno puede acompañarla no estaba ni por mucho buena, le faltaba ese picosito que aderezaría perfectamente la tostada. Yo les recomendaría una variedad más amplia de salsas para bañar los platos y darle ese toque extra a cada platillo.

Mi acompañante optó por una “Tostadita”, una tostada deshidratada, tamaño normal con pollo, lechuga y tomate; cualquier ingrediente extra es su opción, ya que ellos la anuncian como su platillo “light”.

Para los amantes de los tacos está el “Taconazo”, una gran tortilla rellena de pechuga de pollo, su aguacatito y tomate, que está muy rico, pero insisto, necesita una mejor salsa.

Pocos lugares ofrecen platillos tan típicos como el caldo de pollo y como aquí todo es ave, el caldito no podía faltar. Hay de dos tipos: el “Caldón” que es de pechuga de pollo, y el “Caldote”, que se sirve con su respectiva pieza de pollo.

Me gustó ver que en su menú de bebidas cuentan con aguas frescas, de un sabor por día, ese día era de sandía, y se me hizo una magnífica opción para quienes no gustan de los refrescos embotellados.

El servicio de lujo, rápido, constante sin llegar a ser “chocoso”, es de esos lugares donde uno quiere volver no sólo por el gusto de volver a comer un platillo, sino por el buen servicio que uno recibió.

Las paredes del lugar originalmente adornadas con fotos de políticos, artistas o periodistas que el propietario piensa pueden designarse como unos “Hijos de la Tostada”, me llamaron la atención. Fotografías de Bush, López Dóriga, Castro, Emilio “El Indio” Fernández, y claro Piporro —quien también aparece en el logotipo— son algunos de los famosos que engalanan el lugar con sus imágenes.

Si le gusta la comida sencilla y casera, El Hijo de la Tostada es una excelente opción.
Olvidé decirlo, los precios son lo mejor, uno puede comer muy bien con 50 pesos; hay un paquete completo que incluye una tostada o taco, caldo y refresco de su preferencia por ese costo.

Los postres no son nada del otro mundo, hay un pay de queso que bien puede usted omitir, la verdad no son la especialidad del restaurante.

Ahí en la calle Allende número 116, casi esquina con Juárez, se encuentra este sencillo pero pintoresco lugar que si no tiene platillos de corte gourmet, sí le ofrece ricas especialidades que de seguro le encantarán.

Hasta la próxima y ¡Buen Provecho!

El hijo de la tostada

* Dirección Allende 116 casi esquina con Juárez

* Horarios De lunes a sábado de 12:00 a 20:00 horas

* Especialidad Tostadas de pollo

* Gasto aproximado por persona 70 pesos

* Lo que no se puede perder La Tostadora

Tabla

**** Servicio
*** Precios
**** Sabor

jueves, junio 21, 2007

Enrique Bunbury, tras bambalinas

El Enrique Bunbury que se para en el escenario, ese cantante que aparenta vanidad y realiza poses extravagantes, es exactamente lo contrario tras bambalinas: jovial, juguetón, y con muchas historias por contar.
El ex líder de Héroes del Silencio, el grupo de rock español más exitoso de todos los tiempos, y ahora un solista consagrado, pasó dificultades en su niñez y en su adolescencia, primeramente para hablar, y posteriormente para dedicarse a la música.
De visita en la ciudad para un concierto de Rock en Ñ, ese hombre delgado, de rasgos finos, cabello enmarañado y con dos arracadas en cada oreja, comentó que era tal su timidez cuando niño, que no pronunció una palabra hasta que tuvo 4 años.
Sus padres, obviamente, lo llevaron al médico porque pensaban que tenía algún problema.
"Mi teoría ahora es que no tenía nada importante que decir. ¡Y mira!, ahora digo muchas cosas que no son nada importantes, y las suelto a borbotones", indicó entre risas.
Enrique, como gusta que le llamen, es originario de Zaragoza, una ciudad de 500 mil habitantes al Norte de España. Podría decirse que ha sido la segunda figura importante que ha nacido en dicho pueblo, sólo detrás de Luis Buñuel, a quien profundamente admira, sobre todo en su sentido del humor.
De su niñez, Enrique se mostró reacio a comentarla, limitándose a decir que fue un niño como cualquier otro, pero sí habló de su "infancia" musical.
Revoloteando con las manos, cuyas uñas cubre de esmalte rosa, Enrique recuerda que sus primeros pasos en la música fueron un tanto inciertos, pues sus padres, conservadores, no querían que él se dedicara a la música.
Pero cuando comenzó a ganar "plata", las cosas cambiaron. Y para bien.
"En mi ciudad, ningún músico, nunca en la historia había sacado un disco", comentó. "Y los entiendo (a sus padres), ellos finalmente querían ver que me ganaba la vida con algo... aunque no fuera 'honrado'".
En perspectiva, el intérprete comentó que su carrera como músico ha evolucionado lo suficiente, pero que comparado a figuras de la talla de Bob Dylan o John Lennon, es un aficionado queriendo componer canciones.
"No soy un genio, hay mucha gente que lo hace mejor que yo, pero creo que mal no se me da", expresó.
Profuso seguidor del rock en español, Enrique guarda especial cariño por México, del cual le gustaría conocer más de su antropología, la comida, sus mujeres y su música.
"Siempre está José Alfredo (Jiménez) para quitarse el sombrero y decir -mis respetos-".
Con ya casi 20 años dedicados a la música, el ojiverde confesó que ha hecho canciones muy buenas, como "La Chispa Adecuada", "Maldito Duende" y dos o tres más, pero mucho de su material con Héroes del Silencio fue sobrevalorado.
"Ya va siendo hora de que no valoremos a los músicos o los artistas entre comillas por las ventas. Héroes vendió mucho, y eso no significa nada", dijo firmemente.
De Héroes del Silencio, Enrique no soltó mucha tela de dónde cortar, sólo dijo que la relación con los otros integrantes es nula, y una reunión con ellos es imposible.
"Y eso lo puedes apuntar".
Fue con Héroes que vivió la etapa más olvidable de su carrera, cuando toda la gente lo tildaba de "mam... y arrogante", en palabras suyas.
Pero eso ha quedado en el pasado, ahora es humilde... bueno.
"Sé ser encantador, pero lo que pasa es que no me sale siempre", dijo sonriendo. "Eso era parte de la juventud, de tener todo de repente. Pero se empieza a ir, y entonces caes en cuenta de la realidad".

Él sin la música...

Enrique afirma que la música es para él su todo, sin la cual se sentiría más que desnudo.
"Es mi lenguaje. De hecho, sin la música me quedo minusválido, parapléjico, inválido, me faltaría un sentido".
Sin embargo, sus planes en el aspecto musical no son eternos. Quizá en 15 años se retire y finalmente siente cabeza. Actualmente es divorciado, y sin hijos.
Entre sus planes se encuentra darle la vuelta al mundo, o por lo menos a la otra mitad del mundo que no conoce. Además de viajar, probablemente se dedique a escribir (entre sus escritores favoritos se encuentran Angel González y Jaime Gil de Biedma).
El intérprete de "Pequeño" ha cumplido con parte de sus sueños juveniles, que eran pararse frente a un auditorio y desnudar su alma.
Ya cumplidos sus sueños, siente que ha realizado su función en la vida, y así, no le tiene miedo al viejo dicho de que los rebeldes mueren jóvenes.
"Lo que tenemos que hacer es tener la conciencia tranquila, luchar por los ideales que cada uno tiene. Hoy puede ser un buen día para morir, si tenemos la conciencia tranquila".
Y tú, ¿ya te sientes con la conciencia tranquila?
"No, pero es un buen dicho...", dijo entre carcajadas.

sábado, junio 02, 2007

Sucede entonces...

Sucede a veces...
Sucede a veces que uno se enamora de los árboles por la sombra que producen, por la fuerza de sus ramas o la dulzura de sus frutos.
Sucede también a veces que el árbol que uno ama se convierte en mujer, y uno ama sus ideas, sus labios, su corazón, sus brazos o el sexo, porque los árboles también tienen sexo.
Y sucede después, a veces, que el árbol que uno ama está tan cerca que asombra, asusta, deja de ser un árbol y parece un sol que deslumbra los ojos enamorados.
Y sucede entonces, a veces, que uno no sabe si cerrar los ojos y esconderse o contemplar al árbol, mujer, sol, hasta quedarse ciego...

sábado, mayo 26, 2007

"Nosotras también tenemos sentimientos"

No son sólo un trozo de carne, cual aparador de Central de Carnes. Ellas también piensan, sienten, se ofenden, y sí, sienten el peso de las miradas sucias por parte de los “caballeros”.
Con ustedes, señores, las edecanes.
Uno de los principales atractivos del Grand Prix son las edecanes, esas delicadas siluetas envueltas en una dispersa magia, que cual sirenas a Ulises, atraen a los hombres y a sus lascivos deseos.
Telmex. Tecate. Nextel. Herdez. Las marcas que promocionan son lo de menos. Lo importante son las tallas cero de la muchachas, casi todas ellas uniformadas con un arete en el ombligo, un tatuaje justo arriba de sus firmes glúteos, cabello largo y alaciado, y una sonrisa que no quitarán –no pueden- a lo largo de toda la jornada.
Su sueldo no es para dar brincos de alegría. Algunas soportan la jornada por 300 pesos, algunas otras por mil. Para muchos, eso podrá sonar mucho: un albañil se parte la espalda todo el día por 100 pesos, y ellas sólo tienen que sonreír, posar para las fotos, y mover cadenciosamente su cadera al caminar.
Pero no, el ser un linda edecán implica mucho más.
Para empezar, el estar a dieta rigurosa no es agradable. Y en Monterrey, tierra de arracheras, tacos, discadas y demás, eso no es sencillo.
Luego, tienen que tomar clases, cursos y pláticas acerca de cómo tratar y lidiar con clientes.
Y sí. Ellas también tienen que soportar toqueteos, abrazos que quieren llegar más allá, proposiciones nada tiernas, y sobretodo, esas miradas vulgares que no le desearían ni a la mamá de su peor enemiga.
“Claro que nos damos cuenta. Que te vean primero a los ojos y luego te escaneen es padre, pero que primero te vean todo y al último la cara sí te hace sentir vulgar”, cuenta Luisa, de una conocida y muy consumida marca de cerveza.
De perdido no las hacen usar tacones. Casi todas ellas usan zapatos cómodos, o tenis las que más, preparadas a la larga jornada -10 horas en algunos casos-.
-¿Te hacen sentir como un pedazo de carne?-, le pregunto a una de ellas.
Primero me mira con reproche. Luego dispara: “no lo había pensado así, pero mucha gente sí nos ve así. Se les olvida que somos amigas de sus hermanas, conocidas de sus primas, o chavas que simplemente merecemos un respeto”, comenta Rosalía, de Nextel.
Comentándoles del reportaje a algunos conocidos, la primera impresión que causan las edecanes es una: “viejas fáciles”, respondió uno. “Chavas pendejas pero bonitas, que ni a modelo llegan”, espetó otro.
Pero cual sería mi sorpresa. Ni lo uno ni lo otro.
Una de las entrevistadas, Samantha, de tentadores ojos y sonrisa cautivadora, me salió con que es graduada de relaciones Internacionales, y habla cuatro idiomas: japonés, italiano, inglés y español. Y yo, que me siento tan chingón, sólo sé decir scheisse (mierda) en alemán, arigato (hola) en japonés, y muito obrigado (muchas gracias) en portugués.
Un punto a su favor.
“No puedo hablar por todas, pero no somos idiotas. Estas personas requieren gente con buena presentación”, explica.
Buena presentación. Según el sondeo, esas dos palabras tan comunes en los anuncios de empleo, se refieren a un rostro libre de espinillas, de preferencia blanco o moreno claro, con talla cero (una cintura como del largo de dos cajas de disco compacto, como ejemplo), sonrisa carismática, y facilidad de palabra.
Su equipo de trabajo es simplemente su figura, y siempre una sonrisa. No importa si están lidiando con borrachos, con tipos que se quieren pasar de listos, convirtiendo un abrazo en algo más, o recibiendo propuestas libidinosas.
“Es muy raro que le demos el teléfono a alguien”, dice. “Si insiste, le damos el teléfono de la agencia donde trabajamos”.
-¿Y si te gusta el tipo?-, pregunto.
“Hacemos excepciones de vez en cuando”, dice Samantha sonriente.
A la mayoría, sus padres no objetan su profesión, la cual, en promedio, no pasará de los 26 años, ya que a partir de esa edad, la gravedad empieza a obrar en sus cuerpos, la celulitis a causar estragos, y es una buena edad para casarse.
Me gustó un comentario de Lidia, de Tecate, con el cual cerramos este texto, en el cual, pretendí conocer más de esa ingeniosa creación de la mercadotecnia llamada edecán.
“La gente te critica por vender tu imagen, que según ellos es vender tu cuerpo, pero eso no es cierto, eso tienes otras connotaciones. Ser edecán no significa estar hueca. Ellos no se ponen a pensar que estudiaste una carrera, que en algunos casos mantienes a tu familia, que te esfuerzas trabajando todo el día. Nosotras también tenemos sentimientos, pensamos, y realizamos un trabajo de más de ocho horas”.

martes, marzo 13, 2007

Hola, mi nombre es Eduardo, y soy un alcohólico




-Hola, mi nombre es Eduardo, y soy un alcohólico...-
Tuvieron que pasar veinticinco sesiones de asistencia al grupo de Alcohólicos Anónimos para que yo pronunciara esa frase, arriba del estrado en donde todos y cada uno de sus integrantes acuden día con día, con el deseo de dejar de beber.
Hay alrededor de 13 mil centros de ayuda en todo México, siempre uno cerca de la casa u oficina.
Ahí, el ambiente es siempre cambiante: así como puedes pasar la más agradable de las veladas, como tener una sórdida sesión, en donde la moral, si la tenías baja, puede bajar aún más.

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Alcohólicos Anónimos surgió en Akron, Ohio, por allá de 1955, idea de Bill y Bob, personajes ahora por demás legendarios, pero que nadie conoce sus apellidos, por no violar uno de los estatutos de su organización, que le da anonimato a sus integrantes.
Ellos, enfermos alcohólicos también, fundaron la asociación sin fines de lucro, que hoy por hoy sesiona diariamente, con una duración de una hora u hora y media, atendiendo a miles y miles de personas en todo México, y en países como México, Venezuela,, Colombia, Guatemala y Estados Unidos.
En México, la AA llegó por primera vez en 1946, y desde entonces, semana a semana han abierto locales por todo el país, o mejor dicho, “grupos de ayuda”, como a ellos les gusta que los llamen.
Sus locales, blancos y con motivos en azul marino, suman ya 13 mil 100, hasta su último conteo. En Monterrey, ciudad cervecera por excelencia, los grupos de ayuda son poco más de 100.

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“El paso más importante es cruzar la puerta”, señala Eliud, un hombre sonriente, de facciones duras, y quien supongo será el que me guiará en mi largo camino hacia dejar la bebida. A lo que se refiere este hombre, a quien su esposa e hijos lo dejaron hace años, es a que mucha gente tiene mucho miedo de entrar a las juntas donde se sesiona, mayormente por miedo, prejuicios, o desinformación.
A mi primera junta, tuve que ir acompañado. Una amiga asistió junto a mí, sin saber a donde me seguía. Al fin de la reunión, ella misma me agradeció la experiencia.
Con sinceridad, puedo decir que quizás mi idea de una junta de Alcohólicos Anónimos sería una patética reunión de hombres con cabello enmarañado, piojosos, mendigando por un mendrugo de pan, miados, y con aspecto de pordioseros.
Vaya sorpresa. Veo a hombres –maduros la mayoría- perfectamente aseados, con cigarro en mano, y sorbiendo un amarguísimo café, y sonrientes ante las nuevas visitas.
La decoración de la sala radica en una veintena de sillas acojinadas, media docena de cuadros y carteles, en donde se detallan los pasos de AA, sus doce tradiciones, mensajes de autoayuda, y muchos, muchos ceniceros.

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Entre relatos de frecuentes visitas a la cárcel, sodomizaciones, arrebatos de furia y de vez en cuando chistes y anécdotas curiosas, las sesiones de Alcohólicos Anónimos transcurren lentas, demasiado a veces.
Pero este es el pesado andar de los alcohólicos, un conglomerado de gentes que supera los 32 millones de personas en México, según la última encuesta nacional de adicciones, realizada en el 2002.
El alcoholismo se convirtió en el 2001 en la treceava causa de mortalidad en México en el 2001. Pero si a eso se le suma que la cirrosis es la cuarta causa, con 45 mil defunciones, y las muertes en vehículo automotor son la séptima, con 13 mil decesos, entonces el número aumenta considerablemente.
“El alcohol lleva a sus adictos a una muerte lenta y segura, a diferencia de otros vicios”, indica el doctor Alejandro Vargas, del centro de salud 14, del IMSS.

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La recuperación será lenta y dolorosa, me señalan. Lo difícil no es dejar de inmediato la bebida, sino vivir sin ella. Aún años después de haber tomado su última copa, el vicio lo persigue a uno, causándole alucinaciones, temblores, malestares físicos –y los más peligrosos- emocionales.
Las causas más comunes por las que alguien deja de beber son la familia, el empleo, el deterioro de la salud, o la búsqueda de un cambio interno.
Pero, ellos aconsejan, día a día, “dejar de beber por nadie más que uno mismo”.
Otro sorbo más de café y vomitaría. Dejo de lado mi taza, le doy otra calada a mi cigarro y continúo escuchando.

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“Hola compañeros. Mi nombre es Tomás, y soy un enfermo alcohólico”, dice un hombre de mediana edad arriba de la tribuna. La multitud lo recibe con un efusivo ¡Hola Tomás!.
Y comienza a narrar su historia. Palabras más, palabras menos, recuerdo que contó cómo, hace ya una década o más, estando ebrio, entró a la recámara de su hijo de siete años, y lo violó.
Pasó una temporada sobrio después de eso –en la cárcel, claro está-, y fue a partir de ese momento que pensó en dejar la bebida.
Su proceso a sido largo, pero lleva ya varios días sin tomar.
Y lo dicen, días, porque un enfermo alcohólico no se puede hacer promesas de dejar de tomar por toda la vida, un año, un mes, etc. Un día es la medida exacta de la sobriedad para estas personas.
“Si tienes ganas de hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”, le dijo Vanessa Bauche a Gael García en Amores Perros. Y esa frase aplica perfectamente a los aquí reunidos.

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Luego de escuchar hora y media de historias, anécdotas y recomendaciones, la junta termina con el agitado sonar de una campanilla.
Todos se ponen de pié, y se saludan y abrazan con una frase muy particular: “sólo por hoy, compañero”.
Algunos permanecerán allí algunas horas más, otros decidimos partir.
Y ahí es donde comienza la lucha.

lunes, febrero 26, 2007

Aprendamos a insultarnos

En sus “Instrucciones para vivir en México”, Jorge Ibargüengoitia aseguraba que el insulto era un arte en decadencia: “Los insultos tradicionales, considerados en su función de motores de la relación entre insultante e insultado, tienen defectos muy graves, uno es que carecen de elasticidad y conducen al diálogo por caminos muy trillados que terminan siempre en un impasse.

“No hay nada más aburrido que oír a dos personas insultarse siguiendo el orden acostumbrado, para acabar diciendo:
—¿Qué?
—¿Pos qué de qué?
—Lo que quieras, buey.
Al llegar a ese punto nefasto, los contendientes llegan a las manos o empiezan a decir ‘deténganme, porque lo mato’.”

Y, sin embargo, hay de insultos a insultos. El sarcasmo, parodiando a De Quincy, puede transformar al insulto en una forma de las bellas artes: el sarcasmo es un insulto mejorado. “La enciclopedia del idioma” y el “Diccionario ideológico de la lengua española” coinciden en que el sarcasmo es una burla sangrienta, mordaz y cruel. Cuando la retórica nos alcance, también podremos decir que es una figura del idioma que consiste en emplear esta especie de ironía o burla.

Convengamos en que nadie, como en los insultos mexicanos, llega a los puños o a la sangre por culpa de un sarcasmo. Juego de inteligencia, el sarcasmo necesita del talento y, casi, de respuestas precoces:

“Él: ¿Ensayamos una posición diferente esta noche?
“Ella: Buena idea, tú planchas y yo me siento en el sofá a ver televisión”.

Hay formas muy simples de sarcasmo, otras, como las de Oscar Wilde o Groucho Marx, son más elaboradas. Neuropsychology, HealthDay News, Slashdot y The Guardian han registrado, en los últimos días, una nueva disección del sarcasmo. La doctora Simone Shamay-Tsoory, quien ejerce como psicóloga del Centro Médico Rambam de Haifa y de la Universidad de Haifa, en Israel, le comentó a The Guardian: “El sarcasmo está relacionado con nuestra capacidad para entender el estado mental de otras personas. No se trata simplemente de una forma lingüística, también está relacionado con la cognición social”.

Según el equipo de investigadores de Shamay-Tsoory, “la capacidad de entender el sarcasmo depende de una secuencia cuidadosamente orquestada de capacidades cognitivas complejas en determinadas partes del cerebro”. Los estudios revelaron que determinadas zonas del cerebro que descifran el sarcasmo y la ironía también procesan el lenguaje. “Comprender el estado mental y las emociones de otra gente está relacionado con nuestra capacidad para entender el sarcasmo”, aseguró.

El equipo israelí convocó a 41 personas que habían sufrido un daño cerebral leve frente a 17 sanas. ¿La conclusión? A las personas con daño en el lóbulo prefrontal les costaba detectar el sarcasmo. Los sanos, algunos con un daño cerebral en otra zona, ubicaron bien los comentarios sarcásticos.

Shamay-Tsoory afirma que quienes padecen un daño en el lóbulo prefrontal son capaces de mantener y entender una conversación: “Su problema es entender cuando la gente habla en un discurso indirecto y utiliza ironía, expresiones o metáforas porque toman cada oración literalmente. Entienden la frase tal cual es y no pueden detectar si el verdadero significado es el opuesto al sentido literal”.

En una sociedad dominada por lo que Sartori llama “homo videns” y no por el “homo ludens”, ¿hay lugar para el sarcasmo? Más acá de los problemas del lóbulo prefrontal, ¿no estaremos todos perdiendo la capacidad del diálogo y, en consecuencia, la ironía? ¿El estado mental de nuestras sociedades contemporáneas da todavía para el sarcasmo? ¿Se encuentra el sarcasmo en decadencia?

“Discúlpeme, no le había reconocido: he cambiado mucho”, escribió alguna vez Oscar Wilde. El sarcasmo no sólo es un insulto elegante, también puede convertirse en aforismo y en risa o sonrisa con uno mismo. Para comprobarlo está el epitafio de Groucho Marx: “Perdonen que no me levante”.

En la red, como siempre, se encuentran los mejores ejemplos de sarcasmos “cotidianos”, pero que poco tienen qué ver con los verdaderos diálogos de pareja. Sarcasmos de ficción emparentados más con la pretensión de chiste que con la burla:

“Él: ¿Por qué nunca me dices cuando tienes un orgasmo?
“Ella: Lo haría, pero nunca estás ahí”.

Mordacidad, burla, crueldad, sustantivos emparentados con esta figura del idioma. Por eso, Carlyle reconoció en el sarcasmo “el lenguaje del diablo”.

miércoles, enero 10, 2007

Cui, cui, cuiiiiiiiiiiiiiii………..

Por Eduardo Castañeda Sarabia


Y así, su último recurso fue tirarse…
Sus pezuñas dejaron de sentir el suelo. El aire jugaba con sus cuerpos: de repente ya no sentían temor, sino una extraña alegría, mezclada con euforia. Momentos antes de estrellarse, un alivio cruzó sus corazones, justo como el gancho lo hace en el momento exacto en que atraviesa su miembro vital para arrancarles la vida en condiciones normales.

Este grupo de cochinos, comandados por el valiente Segarpio, estaba ante la odisea de su vida: enfilarse en contra de ese señor de ropas blancas, y de barba a medio cortar, o perder la vida a causa de la fuera de gravedad.
Segarpio, Olegario, Estebanino, Trapachón, Focuarsio, Gumersio, Rodomiro y Leprechoso, todos ellos unos cerdos muy cordiales, no sabían porque tuvieron ante sí una prueba tan dura –tener adentro al diablo, al mismísimo diablo-.
La octeta de marranos, todos ellos gordos, pero muy limpios –sólo los escasos de razón desconocen que los cerdos son de los animales más limpios que existen-, salían a pastar en aquella mañana soleada. Israel, su dueño, conocía bien de la sobrada inteligencia de sus animales: prefería que ellos comieran hierba, y no las sobras.
“Pero los cerdos no comen pasto, Israel”, le comentó su hermano Isaac.
“Sí, pero ellos no lo saben”, fue su certera respuesta.
Y ahí andaba la cuasi decena porcina, pastando. El sol hacía brillar su tersa piel. El cuero de un cochino nunca había sido tan suave, tan leal al tacto como con esos puercos. Israel era feliz con sus animales, de eso no había duda.
Se mencionaba por ahí que ese día vendría al pueblo un visitante de otras regiones, un tal Jesús de Naza… algo. A Israel, claro, le importaba tanto como el aumento en el precio de la mirra.

El tal Jesús, no era ni más ni menos que el Nazareno, el hijo putativo del Dios de las tierras occidentales. Ese dios malévolo, que destruyó ciudades enteras a causa de sus pecados, el que ordenaba a sus abonados que mataran a sus hijos, y que mandaba inundar todo hasta donde abarcara la vista, había tenido un hijo, y lo mandaba a predicar su palabra como un merolico.
A muchos no les interesaba su retahíla de palabras, fueran bonitas o poéticas. Israel era uno de ellos. Él vivía bajo las estrictas reglas del hombre: si matas, te mato; si robas, te corto las manos; si desvirgas, te casas.
“Estas sí son reglas, no chingaderas”, pensaba Israel.
Ya estaban montando una especie de templete para que el pregonador ofreciera su plática en la plaza principal y todo. Al parecer, la visita era la gran cosa.

“Si alguien te abofetea, ofréceles tu otra mejilla”…
¿Qué pavadas estaba diciendo este hombre? Israel no daba crédito, rédito ni intereses a lo que estaba escuchando. La multitud ahí reunida, como en un previo milenario de un mitin político, soltaba risitas de vez en cuando.
Entonces, Israel, ya retirándose a cosas más importantes, se topó con un hombre de mirada turbia, cuyo sólo roce le dio escalofríos. Su barba, su mirada, su cara, sentía haberlos visto en sueños –sólo en aquellos que terminaban mal-.
Se retiró, con miedo. La sola presencia le atemorizaba. Con una orden de su vara, Israel trajo a sus puercos. Rápidamente, Segarpio guió a grupo de chanchos a seguir a su amo.
Pero las cosas no estaban bien. Comenzó una rebatinga en la plaza. Aquél hombre de mirada rasposa era al que llamaban el Anticristo, algo así como un perredista, pero en tiempos bíblicos: nació el 6 de junio, su madre lo aborrecía, mataba pájaros con su resortera, y quería hacer del mundo un burdel, donde no hubiera que pagar cuota por la carne. Un festín.
Se hicieron de palabras. Y de hicieron de golpes. El Mesías, ñango, flaco, espirifláutico dirían algunos, resultó correoso: le estaba metiendo una buena madriza a su infernal contrincante.
Se fueron alejando del pueblo, y enfilándose a casa de Israel, cerca del precipicio de la montaña. ¡Pum! ¡Cuaz! ¡Brooom! Los catorrazos estaban a la orden del día.
Ya estando Israel en casa, recostado, escuchó ruidos a lo lejos. Se asomó por la ventana, y vio a dos seres peleando.
Solamente se sobresaltó cuando vio a Gumersio acercarse.
Salió corriendo, dándole la orden a Segarpio de que fuera por su cochino amigo.
La manada de marranos fue en busca del puerco travieso, pero no fue una buena idea, porque, como siempre, le tocó salir perdiendo a los inocentes.
En una maniobra sobrehumana, el maligno cambió de forma, se desvaneció, y fue a meterse en los cochinos, quienes, azorados, comenzaron a comportarse extrañamente.
Gumersio corría dando vueltas, siendo que era el chancho más gordo de todos; Focuarsio rascaba con sus pezuñas las piedras; Trapachón y Rodomiro peleaban, sin saber porqué; Estebanino daba graciosos brincos por los aires; Leprechoso y Olegario empezaron a copular;y Segarpio corrió para tumbar a Jesús.
Pero algo lo detuvo: su primitivo instinto porcino lo mantuvo en su sitio, inmóvil, impávido. Sus ojos cambiaron de tono a un rojo sangre. Miró por última vez a Jesús, dio media vuelta, y enfiló hacia el precipicio.
Sus comparsas porcinos no dudaron en seguir a su líder. El desfiladero vio pasar uno a uno a los puercos, que por azares malévolos, dieron su vida por ÉL.
Y esta es la triste historia de porqué los judíos no comen carne de puerco.

sábado, octubre 21, 2006

Dos gotas de té

Ella era perfecta a simple vista, pero sólo ella y un par de personas más en el mundo sabían de su gran problema: sus ojos se estaban secando.
Así como lo leen, no es broma. Que no hayas escuchado que le pase a alguien no quiere decir que no pueda pasar.
Y ahí estaba ella, tan campante. Sus amigos la veían todos los días fulgurante, candente incluso, llena de vida y alegría. Pero algo pasaría pronto que le cambiaría la vida por completo.
Esta princesa de cuento, trabajaba en El Palacio de Hierro. Era de las chicas consentidas, porque cuando alguien del departamento de publicidad la vio desenvolverse en el entrenamiento, supieron de inmediato la campaña a utilizar: todo Palacio tiene su princesa...
Festiva, chispeante, consistentemente de buen humor, esta alegre personita tenía días malos, pero prefería, como los buenos dulces, comérselos, y enseñarle a la gente esa sonrisa que maravillaba a varios.
El ritual de las noches lo conocía ella muy bien: cepillar su negro cabello 200 veces. Suena inusual, tonto y repetitivo, pero valía la pena. Sedoso, suave, lindo, brillante, fuerte como cables y terso como el aire. Había de pasar el cepillo 50 veces hacia adelante, 50 hacia atrás, otras 50 rumbo a la derecha, y culminar con dirección a la izquierda. Ese era su secreto.
El acné ella lo conoció gracias a la televisión. Su blanca piel era como un durazno, suave, tersa, ligeramente sonrosada donde debía cambiar de coloración. Las arrugas no tendrían cabida en ese forro de su corazón.
Labios delgados, suaves, inconquistables. Naricita real, abultadita, nunca de revista, siempre de ensueño.
Y sus ojos. Ahí estaban esas dos vitrinas, que para describirlas mejor diremos que eran como dos gotas de té. Podías mirarlos, no adueñarte de ellos; podías pedirlos, no obtenerlos; los sentías tuyos, mas no lo eran.
Y ese era su dolor. Al tener por pupilas de los ojos a dos gotas de té, algún día habrían de secarse. Saber cuándo era el problema, nadie lo sabía.
La simpática princesa caminaba sincera, ágil, como jugando con el viento, que saludaba a sus cabellos. El negro le venía bien. El azul iba con su piel. El rojo la endulzaba. El rosa le devolvía años de su niñez. Diablos, todos los colores le favorecían a ese pedacito de arcoiris.
Sería aventurado decir que ella fue tallada a mano: eso no se hace desde hace miles de años, cuando decían los mayas en el Popol Vuh que dios hizo a los hombre de madera, de jade, de barro, de obsidiana, pero sólo quedó conforme hasta que lo elaboró con maíz. Ella estaba hecha, si no a mano, sí con precisión y gran detalle: sus formas eran onduladas, serpenteantes.
Pies pequeños, grandes ilusiones. Manos suaves, sonrisa dispuesta.
Pero volviendo al problema, ella a veces lloraba. Y sí, derramaba gotas de té.
Sin saber el momento exacto en que sucedería, miraba todo con gusto, lo retenía en sus ojos y sonreía. Vaya que sonreía.
Sabía de su cita con el destino, pero no quería aceptarlo. ¿Porqué ella, siendo tan única, tendría que ver secarse sus ojos, como dos gotas de té al sol?
No no no. Se negaba. Solicitó ayuda, y obtuvo una cita.
Don dios, como le gustaba que lo llamaran, no tuvo objeción de recibir a una de sus más lindas creaciones.
“Siéntate mija”, le dijo.
Y allá va ella, en traje sastre negro, que tan bien le iba.
Platicaron de esto y aquello, y don dios, embobado, no podía despegar los ojos de aquella bonita criaturita.
Llegado el momento, ella habló de su problema: no quería que sus ojos de té se secaran.
“Pero es como debe de ser”, argumentó.
La niña de los ojos que son como dos gotas de té, tuvo que comenzar a llorar, para mostrarle a don dios su dolor. Él le dijo que parara, que no soportaba ver llorar a alguien tan bonita.
Y se hizo un silencio incómodo. Alguno de los dos tendría que ceder. Se miraron, y no se sabe, pero la dulzura de su rostro debió conmoverlo.
“Ya sé”, dijo el todopoderoso. “Trabaja para mí, y podemos llegar a un arreglo”.
Y se arreglaron. Acordaron que ella sería su secretaria, y arreglaría sus papeles, le sacaría copias, y eventualmente contestaría sus teléfonos, además de lidiar con otras criaturitas suyas.
Y así, ella se quedó con sus ojos, que son como dos gotas de té.

martes, octubre 17, 2006

Yo sólo quería que se callara

Y allí estaba ella. Y ahí estaba él también.
La historia de ambos no se alargaba muchos capítulos, quizás uno o dos, tres a lo mucho, pero era interesante, eso que ni qué.
Rebeca y Matías, esa especie de Bonny & Clyde modernos, tanto por pelafustanes como por aburridos, no eran lo que precisamente podía llamarse una bonita pareja.
¿Pero, ya eran una dualidad?
Cuando el mesero los vio por primera vez, era un jueves por la noche. Hacía mucho calor, y él se despachó dos cervezas. Ella, bastante inocente, no bebía. Ni por educación quiso probar bocado o bebida.
Rebeca, de anchas caderas, negro pelo, prominentes cachetes y sencilla sonrisa, no era lo que las mujeres bellas precisamente llamarían una contrincante. Era, simplemente, una mujer más.
Además de sus medidas, tenía en contra varias cosas. La damita era un manojo de nervios: temblaba, se sacudía, no podía estarse quieta. Una servilleta en su mano duraba un minuto, a lo mucho. Y un hombre, a su lado, ni un par de semanas.
Por el otro lado está Matías, un galán de barrio. Seguramente Pedro Infante empezó como él: dejando novias en una colonia, luego en una manzana; y en varias ciudades, cuando mejoró sus técnicas amatorias.
No era mal parecido, ni tampoco un gran rompecorazones, pero sabía ganarse a las mujeres: las escuchaba, las llenaba de halagos, y sabía, como pocos, volverse indispensables para ellas, pero sin envolverse con ellas.
¿Cómo está eso?
Sí, Matías era bueno para esconder la verdad, sin decir mentiras; para envolver, sin retorcer; para rodear, pero sin atrapar.
Su técnica era sencilla: se metía en los corazones de las damitas sin que ellas se dieran cuenta. Y más importante todavía: sin que se dieran cuenta de que peleaban con otras más por el título de propiedad del corazón delator de Matías.
Nunca mencionaba el truculento galán que salía con varias chicas a la vez, que les decía “preciosa” a más de una; que cambiaba las sábanas dos o tres veces en un mismo fin de semana.
Rebeca era solamente una chica más para la libreta de cuerpos de Matías, en la cual apuntaba sus datos generales, su calificación en términos amatorios, y si alguna vez tenía intenciones de volverla a ver.
Toda una máquina de penetración era Matías. Uno de sus mejores amigos se volvió Osvaldo, el feliz encargado de la farmacia de a dos cuadra de su casa, que veía como su negocios prosperaba gracias a las noches de pasión de Matías.
Y así es cómo da inicio su historia.
Luego de la salida del jueves, Matías ya tenía previsto que a la segunda cita, Rebeca le ofreciera su amor, esa prueba tan necesaria para él, que de no obtenerla, simplemente la botaba. Y no ofrecía algún motivo: la cantidad de lágrimas derramada por las amigas, birladas y burladas por Matías, debía servir para darle de beber líquido salado a un país pequeño.
En su primera cita, coquetearon, se miraron con buenos ojos, pero era raro que el galán actuara en la primera oportunidad que tenía. Prefería estudiar al enemigo, olerlo, detectar sus fallas y sus áreas de oportunidad.
Ya en la segunda cita, procedía a tocarla, acercarse a ella, establecer el vínculo que en una o dos semanas, a lo mucho, él cortaría.
Y eso estaba pasando. En el restaurante –de mediana categoría, siempre, ya que Matías no era de los que invertía mucho en sus conquistas-, la mesera, bastante bonita por cierto, los sentó en una mesa cuadrada, de cuatro plazas, para que tomaran su lugar uno frente al otro.
“No, me siento muy lejos. ¿Te parece si me pongo enfrente de ti?”, preguntaba un retador y a la vez tierno Matías.
No había dama que se negase.
Él era todo modales: preguntaba si podía fumar, se levantaba de su silla si ella debía de ir al baño, en todo momento se esforzaba en que su comensal invitada estuviera a gusto.
Ya en la sobremesa, su mano se posó tiernamente en la extremidad superior derecha de su víctima, que se ruborizó, pero no la separó de la suya. Primer punto a favor de Matías.
Con la mano cansada, presuntamente, comenzó a acariciarle la rodilla, con suavidad, e insistencia.
Era tal su maestría, que Matías podía detectar cuando el sexo de ella comenzaba a excretar sustancias. Sabía que su temperatura subía, y entonces, era el momento de pedir la cuenta.
Pero Matías, Matías de verdad que estaba en un problema, y serio.
Y es que Rebeca era la mujer más insoportable que hubiera conocido él en la vida.
Si pidió la cuenta, fue porque sabía que podría obtener algo de ella, pero también, estaba obligado a irse. Ya no podía soportar a su damita de compañía.
A Matías lo enseñaron sus padres a prestar atención, a ser un buen conversador, a ofrecer sus puntos de vista sólo si se los solicitaban, a hacer preguntas para sostener el hilo, etc.
Pero con Rebeca, todo eso era imposible. Simplemente, esa maldita mujer no se callaba. Todo era un interminable juego de lo que ella pensaba, lo que ella sentía, lo que a ella le daba risa. Cuando Matías comenzaba a narrar algo, rápidamente era cortado por Rebeca para ofrecerle una mejor interpretación de la idea que él estaba contando.
Y claro está que los límites de Matías ya estaban por colmarse. Era imposible intentar dialogar con la dama en cuestión.
El plazo estaba por cumplirse, empero.
Sería en la tercera cita en la que él llevaría a la dama a su apartamento, su templo del amor, la guarida de la lujuria, la catedral de la pasión.
Ahí, él le daría un esbozo de que era una buena persona, un lindo chico: en la mesa estaban unas flores recién cortadas –por alguien más-; guisaría una rica cena, culminada con ¬un rico vino chileno, unas trufas de postre, y aunque no estaba mencionado en el menú, el plato fuerte sería ella en la cama.
Y procedieron. La velada estaba siendo agradable, con ligeros vientos ayudando a Matías a apagar las luces de las velas, ocasionando una falta de luz que ayudaba a las no finas intenciones del galán.
El vestido que portaba Rebeca no era feo, pero Matías se lo quería quitar. La corbata de él, a rayas naranjas sobre una cama azul, no tardaría en desanudarse, para que luego ellos comenzaran a desnudarse.
Una ligera jaqueca azotaba a Matías. Estas escuchando hora y 20 de incontables retahilas, anécdotas sosas y risas fingidas, era para adormecer a cualquiera. Pero ahí estaba él, seco como una raíz, pero fuerte como un tronco.
Y pasó, simplemente pasó. La danza más antigua del mundo comenzó, entre ambos. Pieles, sudores, aromas, aceites, salivas, fluidos se mezclaron, haciendo una conjunción que a Matías le encantaba. Pero luego vino lo peor.
La charla post coital.
¿Es que acaso no podía callarse esa mujer?
Que si los puntos g, que si los orgasmos, que si la plenitud, que si era la primera, que si tenía mucha experiencia, etc.
Todo hombre, llega a su límite. Y verdaderamente Matías ya no quería saber del tema, de sus amigas, de ella, de nada.
Por eso, se armó de valor. Trató de pensar en las palabras justas, en la frase correcta, en lo idóneo para la ocasión.
Y en su afán de callarla, de dejarla absorta, de que guardara silencio tan sólo un momento, Matías ofreció un diálogo para el insólito:
“Rebeca...Te amo”.

miércoles, septiembre 13, 2006

De la vez que Gabriel se animó a hablarle a una teibolera

A todas luces ella era una bella mujer. Alta, delgada, cabello teñido, un bonito tatuaje ahí donde las mujeres mayores respingan.
Lástima de la profesión de esta chica, llamada Wanda. Y lástima de Gabriel, que es un imbécil mojigato.
Todos los días, de miércoles a sábado, Gabriel emprendía el mismo camino, con tal de reunirse con Wanda. Ya era una rutina, un maldito martirio, pero en su cabeza, Gabriel fantaseaba, creaba castillos en el aire, frase que le encanta repetir a los mayores de 40 años.
Una posible reunión entre Wanda y Gabriel era bastante improbable. Ella, en su profesión, es poco probable que tenga pareja. No le duran, son por interés, por morbo, por lujuria. Claro: era bailarina exótica.
Cada noche, las tres piezas que Wanda interpretaba eran la obsesión de Gabriel: sabía sus pasos, sus contoneos, el destino de sus miradas, incluso su olor.
Él ya era un especialista en el tema. Y no le importaba ni le interesaba la opinión de los demás.
Miércoles. Empezaba la semana. Pero ahí estaba él, estoico, juguetón. Con su cigarro en mano, y con la cerveza que el ya amable mesero le regalaba, esperaba cerca de diez minutos a la que la vistosa dama terminara con su ritual. Su falda, sus tacones. Embobado, Gabriel sólo observaba, pensando en un no muy posible futuro a su lado.
Jueves. Las presiones del trabajo de Gabriel interrumpían el paneo que hacía con ella. Esculcaba con su mirada cada rincón de su cuerpo. La cerveza no ahogaba sus instintos, no mitigaba su fuego interno, no apagaba el interruptor de su concupiscencia. Su figura, esmaltada, cobriza, alucinante, no sólo embobaba a Gabriel, sino a las decenas de parroquianos que se arremolinaban día a día en el Zumpango, la casa de burlesque de moda en donde el acariciar a las chicas era permitido.
Viernes. Este era el día que Gabriel odiaba. Miles de manos toqueteaban a su musa. Ella, con un rostro como de robot, no se inmutaba ni se dignaba a mirar a su agresor corporal. Cada caricia, era como un insulto para ella. Lo menos que podía hacer, era ignorarlos. Desde su trinchera, él no podía entender como esa bella mujer, a quien cada vez sentía más alejada de su realidad, estaba atrapada en esa sub-realidad, submundo, subsistencia y subempleo.
Sábado. Finalmente, el día esperado. Gabriel ansiaba que llegara este día, en el cual, a veces podía platicar con su platónicamente amada.
Ahí estaba ella, en su primera canción, un ritmo fiestero, de esos que animan a todos a mover su cuerpo estúpidamente al ritmo de la música, era el que movía las frágiles curvas de Wanda. Y ahí está ella, con una falda que los puristas de la moda ni se molestarían en llamar falda, debido a su escasez de material textil. El tatuaje que muy a pesar de Gabriel tenía, una linda mariposa en pleno vuelo, no era detectado por muchos de los voyeuristas ahí reunidos, que tenían partes de su complexión más interesantes para observar.
Esos zapatos horriblemente altos ayudaban a Wanda a ser otra: alta, coqueta, retadora. Nada parecido a aquella niña que temía subir las escaleras eléctricas por medio a que le vieran los calzones.
Sus pasos eran dignos de una bailarina. Sensual y coqueta, evitaba al máximo que tocaran sus hasta antes partes nobles. Su mirada robótica era una defensa. Wanda se dijo alguna vez que de mirar a su toqueteador a los ojos, jamás podría volver a ver a un hombre sin sentir repudio por él.
Segunda canción. Debía despojarse de cierta parte de su ropa. Y ahí estuvo. Voló por una parte del escenario su intento de falda. Su blusa fue a parar al rostro de un emocionado espectador.
Y a Gabriel, nada.
Tercera canción. El pubis debería de quedar al descubierto. Y es aquí donde Gabriel sufría, de ver a otros gozar con su princesa, la que ilegalmente le pertenecía. Emborrachándose de su cuerpo, Gabriel se exaltaba, sudaba, se encelaba. La inocencia perdida de Wanda era un veneno que endulzaba y a la vez llenaba de ponzoña la cabeza del ahora iracundo joven.
Estaba harto. Ya no podría soportarlo más. Justo cuando terminaba la danza, ella bajaba lentamente las escaleras, entre una marejada de manos que mallugaban su cuerpo. Entonces, Gabriel se armó de valor, y se decidió a hablar con ella.
Tambloroso, con miedo, pero con el poder de decisión que le otorgan dos cervezas y el ver a una marabunta de dedos insertándose en los orificios inferiores de Wanda, Gabriel se acercó con la juvenil musa. Justo cuando se disponía a platicar con un cliente, el la tomó del brazo derecho, y haciéndola voltear para escuchar su voz, dijo:
“Ya vámonos, Wanda, o mi mamá se va a enojar”...

jueves, agosto 24, 2006

Últimas palabras

Estaba decidido que ese reo perecería fusilado. Sus crímenes contra la humanidad no le daban otra oportunidad.
El baño de sangre no le caía muy bien, pero sería su destino. El largo brazo de la ley había caído sobre él, y nada había que hacer al respecto.
Ya estaba en sus últimas horas, el paredón ya se la había sido asignado.
Lo que pasaría por su mente era un misterio. Miraba fijamente la pared, los barrotes. Sus pies. Nunca pudo corregir esa cojera que tuvo desde aquel culatazo que recibió en su época estudiantil y de revueltas.
¿Tendría tumba? Probablemente no.
¿Qué le gustaría que dijera su lápida? En otros momentos de la vida, quizás le hubiera gustado pensar en esa hipotética pregunta, que casi siempre se contesta de la manera más cómica posible. Pero ahora, en que se sabe que se va a morir, y todo rastro de infancia se borra de la mente, es lo peor que un ser humano podría preguntarle.

Y sin embargo, lo pensaba.
“Aquí yace ........,, un hombre que peleó por sus ideales”. No, muy cursi.
“Amé, peleé, trascendí”. Muy filosofal.
“Nunca imaginaron que llegaría hasta aquí”. Un viejo chiste privado.
“Siempre lo supe”. Arrogante y momentáneo.

Pero como sabía que sólo en un caso muy extremo tendría un lugar en el cual reposarían sus restos, no le convenía gastar energías en eso.
Ya pensativo, el reo de la crujía Este pensó en lo que había sido su vida. Repasó lo importante, lo divertido, lo rebajante que tuvo que pasar.
Cuando escuchó la sentencia que le dieron en la fiscalía, no entendió bien los cargos. “Crímenes de lesa humanidad”, dictaminó el juez.
Matar a decenas de personas con un fin, el de ser leales a la patria, no le parecía nada malo. Esos malditos y malditas que aunque se consideraban nacionalistas, que nunca hicieron nada por su país, para él era un justo castigo que murieran, ya sea del famoso tiro de gracia, de un empujón de la azotea de un edificio, o tirados por un precipicio.
Su mirada, recia, retadora, incipiente, era lo último que muchos vieron antes de morir. Esos ojos como de trueno, podían ablandar a cualquiera. Y si no lo ablandaban, los gusanos lo harían.
Su carácter, plano, estéril, fuerte como el roble, había demostrado ser inquebrantable. Ni ante la muerte de seres queridos se había doblado.
Y ahora no era momento de mostrar flaqueza. Ya en un par de minutos vendrían los gendarmes a llevarlo al matadero.
Ansiaba un cigarro. Quería dar sus últimas caladas, una última inhalación, antes de su última exhalación.
El arrepentimiento, ese sentimiento tan católico, no tenía cabida en su mente. Él hizo todo lo que quiso, permitido, ético, ruin o no. Pero ya era tarde para eso.
Escuchó los pasos de gente acercándose. Eran sus captores y verdugos.
Dio un profundo respiro, y se puso de pie. Encaró a las gentes, con esas cejas horripilantes, y tu tez curtida por el sol.
Los guardias abrieron la puerta, y le mostraron sus armas, para que no intentara nada estúpido. Lo intentaron esposar, pero él se negó con un gesto.
No tenía escapatoria. Caminaba pesadamente.
Lo empujaron los gendarmes, golpeándolo con el rifle en las costillas.
Con una mueca, se quejó.
Este hombre tan rudo, viril y fuerte, nunca fue de los que se quejaban cuando alguien increpaba en su contra. Pronunció 5 ó 6 groserías a lo largo de toda su vida.
Lo obligaron a caminar más rápido. Lo insultaban.
Llegó su paciencia a su límite. El hombre, simplemente, volteó contra sus agresores, y les dijo:
“En los últimos momentos sobre esta tierra que me conceda Dios, yo soy el amo, no ustedes…”.

martes, agosto 15, 2006

Historias confusas acerca de dioses aleatorios II

I

El ser miedosos, gallinas, cobardes, asustadizos, amedrentados, espantadizos, medrosos, huidizos y temerosos, nos viene no de familia, sino de ascendencia divina.
Los dioses, los que se escriben con minúscula, también tienen miedos, y muchos. Se asombrarían de saber lo gallinas que pueden llegar a ser.
Creo que la primera vez que empecé a escuchar y entender el término gallina habrá sido por la época pre-jurásica, es decir, por allá de 1984, cuando si no me falla, se estrenó la primera parte de la trilogía de Volver al Futuro, esa de Bob Zemeckis, y el eterno cara de niño, Michael J. Fox, al que llamaban gallina, y se volvía loco el pobre. Nada ni nadie podía decirle así, porque cambiaba la trama de la historia, el pobre tenía problemas de aceptación, tuvo problema en su etapa anal, y seguramente veía a las gallinas como el elemento femenino, dominado, sojuzgado, y al gallo, pleno, viril, fuerte, como el elemento fálico.
Volviendo al asunto de la deidades, es entendible eso de que tengan miedos, fobias, temores. Y claro: es tanto el poder que tienen, que les asusta no poder controlarlo, o hacer algo temible con esa gran responsabilidad que les ha sido conferida.
Y ya ven, dicen que Jesús, antes de ser entregado, y bla bla bla, temió. ¿Se hubiera escapado? ¿Se hubiera fugado con María Magdalena y se hubiera casado ye tenido diocesitos, como lo dice El Código Da Vinci? Eso habría estado de verse.
El miedo es bien común. Acompaña al hombre desde que se separó del mono –matándolo-, claro está.
De la noche son las cosas del amor, bien lo sabemos, pero también las de horror. No es lo mismo secuestrar, violar y matar a una personita de 12 años, pero que parezca de diez, con la noche como cómplice, que hacerlo a plena luz del día, con gotitas de sudor escurriendo por nuestra frente derecha, y quizás introduciéndose a nuestro ojo, impidiendo ver el perfecto rostro de terror de nuestra víctima, y que sean nuestros ojos la última cosa que vea antes de su escape de este mundo.
Correr entre los prados oscuros, infiltrándose uno a terrenos desconocidos, es de las cosas que más gente me ha dicho que no haría ni por un buen billete en su cartera o monedero. Y ahora les diré porqué.
Hace muchos muchos años, el niño dios del bosque se puso a jugar con sus amigos, los dioses de la pradera, el desierto, la jungla, la selva, y finalmente, el de la sabana.
Este último no era precisamente de la gracia del dios del bosque. Gozaba decirle dios de la sábana, y no de la sabana, como debía ser. Y al otro dios, no le daba precisamente gracia, pero no le quedaba más.
Una sábana les servía a los dioses para cubrirse del frío que mandaba el dios de los vientos y el dios de la temperatura, de los cuales hablaremos en las partes XVIV o XXXII, no he decidido aún.
Y todas estas descarriadas deidades se ponían a jugar a las escondidas,. Que era un juego descomunalmente aburrido, de proporciones L-I-T-E-R-A-L-M-E-N-T-E bíblicas, primero porque todos los involucrados eran dioses, y segundo, porque siendo divinos todos ellos, estaba bien cabrón esconderse.
Y como estaban en los terrenos del dios del bosque, pues este aprovechó para meterse en un bosque, y medio perderse. Pero la noche lo atrapó bien escondido detrás de una montaña, y la cabeza y sus cochinadas ahí metidas le empezaron a jugar una mala pasada.
Este diosito comenzó a sentir que lo seguían, que le querían quitar la investidura, que lo iban a crucificar, etc. Su mente comenzó a revolotear, y comenzó a ver figuras desconocidas, perdidas, difusas.
Y entonces el dios del bosque conoció el miedo: no sabía si era real, o todo estaba en su mente. Comenzaron a crujir varitas, unos pinches lobitos comenzaron a aullar, la luna se hizo grande y se tiñó de sangre, y una extraña niebla comenzó a surgir del suelo.
El dios se echó al suelo y comenzó a temblar. Y como era un dios tan, pero tan grande, le transmitió ese temblor al suelo, y de ahí se originaron los temblores.

II

El relato continúa. Este primer dios miedoso (bueno, todos los son, pero este es el espécimen más divertido de todos), estaba realmente que se moría del temor. Casi le da un vahído: temblor en dientes y rodillas, miles de gotas de un sudor sucio y frío recorrían su cuerpo, respiración rápida y agitada, además de que su cor...
“Un dos tres por el dios del bosque, que está escondido detrás de la montaña”...
El dios de la sabana lo pescó en su intento de guarida. Se fue corriendo al árbol base, y el dios del bosque quedó como un imbécil frente a todos los demás dioses, y todo por su miedo.
Un dios miedoso, se aguanta. Pero un dios miedoso, perdedor y que se orina en la cama eso ya era demasiado.
Fue tanto el odio que le agarró al dios de la sabana, que pensó en vengarse de él, y hacerlo bien. Pero ese compa de verdad que se llevaba fuerte: le hacían una broma y la regresaba el doble de intensa. Sabía alburear, y lo hacía con maestría. La estrategia tendría que ser buena, a como diera lugar.
El dios del bosque quería hacer perdurar el castigo para su captor y descubridor en las escondidillas divinas.
Muy en su cuarto, ya de noche, el dios del bosque no podía dormir, primeramente porque ahora tenía que dormir con una lámpara encendida, y segunda, por el coraje.
Se dio cuenta de que aparte de miedoso, resultó un perdedor, y se tendría que tragar su coraje, porque la vez que lo intentó insultar, resultó humillado, y frente a los demás dioses. ¿A quién se le ocurre meterse con el que a la postre resultaría el dios de los albures?
Fue tanta la frustración del dios de los bosques, que aventó su almohada contra la pared. No contento con eso, se quitó su sábana, y la aventó a la pared, pero al caer, el efecto del aire y la fuerza acumulada causó que la tela volara por los aires, causando una bella y a la vez casual forma.
Y ahí fue donde el dios de los bosques tuvo una maldita idea: rapidísimo le echó una llamada al dios de las almas, y le cobró un favor que le debía.
Corrió a la cocina por un cuchillo de dioses, los más filosos que existen.
Agujeró sus sábanas con dos hoyos de no más de cinco centímetros de diámetro. Y con un alma en pena que le mandó en una cajita el dios de las almas, la tomó con cuidado y la metió dentro de la sábana, y comenzó a vagar por el mundo el primer fantasma, que convierte en un gallina de primera a quien se lo topa de frente.

domingo, julio 23, 2006

¿Qué me Hiciste?

No lo recuerdo bien, pero creo que tu partida no fue del todo benéfica para mí.
El día que te fuiste, la mejor parte de mi se fue contigo. Claro, te llevaste mi loción Obsession contigo, perra.
No entendí bien tus motivos, pero supongo que mi repulsiva personalidad y el ser tan misógino en ocasiones te alejó de mi.¿Era malo decirte que eras inferior a mi? No me lo parece.
Ahora que recuerdo, nunca te pregunté si me amabas. Tu constantemente me sometías al interrogatorio de siempre, claro, luego de derretirnos haciéndonos el amor. O sexo, como yo prefería llamarle.
Supongo que para este entonces, tú ya tendrás otro querer, pues con ese aire libidino que tienes, no se podría esperar menos de ti. Tu porte, tus aires de grandeza, y tus bien delineadas nalgas ya deben de tener otro beneficiario.
Lo que será de mi no lo he pensado todavía, y realmente, no me interesa gran cosa. Aún tengo 26 años. A los 27 debería de empezar a preocuparme, pues a esa edad murieron Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain. Eso sí me asusta.
Mi estado no es catatónico, tampoco catártico; es algo como catastrófico, diría yo. La dosis de caos en mi vida ahora me rodea y me envuelve: toda mi puta ropa huele a cigarro, mis sábanas, llenas de polución, tienen un tono amarillento nada agradable para las visitas ocasionales, y definitivamente mis labios partidos me duelen luego de tres cigarrillos.
Lo de tus fotos es algo que aún no he resuelto. ¿Las quiero allí conmigo para siempre? El guardarlas como algo que atesoro lo dudo. El quemarla porque te odio lo estoy barajeando. La ida a Cd. Juárez, las fotos de Cuemanco, las horribles y mal reveladas fotos en blanco y negro de tu época como modelo de segunda, todas las tengo allí. Incluso cuando apareciste en Aficionados del 12, con tu pinche faldita. Aún las conservo.
Si te fuiste, te ahuyenté o habrás conocido a otro garañón no me interesa, pero, ¿no podías decirme todo antes de irte? ¿Era realmente necesario hacerlo de esa manera? ¿Valgo tan poco para ti?
Mierda. Mil veces mierda. ¿Tenías que morirte antes de mi cumpleaños?

sábado, julio 15, 2006

Señorita soltera de sociedad busca...

I.- La búsqueda

Circulando a toda velocidad por el boulevard, Hortensia Ruvalcaba trataba de evadirse a sí misma.
Con una sociedad que le impedía desenvolverse a plenitud, una familia demasiado recatada, y un hato de amigas bobas, ella estaba a punto de realizar lo que nunca imaginó que tendría que llegar a hacer.
Con su auto deportivo, daba vueltas por las avenidas concurridas de la ciudad. Cambió de dirección hacia una calle de mala fama. Sin proponérselo demasiado, divisó a través del vidrio delantero su objetivo: un harapiento vagabundo, de pelos enmarañados, moreno de tanta mugre. El vehículo se acercó peligrosamente a él, y frenó de súbito.
Ella tomó aliento. Oprimió el botón que electrónicamente bajó su vidrio izquierdo, e invitó al mamarracho a subir.

II.- La pérdida

Hortensia Ruvalcaba Dubai, bella, inteligente y sarcástica damita de sociedad, de 21 años, buscaba emociones.
Teté, como la bautizaron sus amigas del colegio danés, era a todas luces una gran chica: sabía varios idiomas, en cuanto a música se las sabía de todas, todas; tenía en su porvenir una gran carrera como abogada, había viajado por buena parte del mundo para conocer distintos usos y costumbres, era amable y educada, y todo lo anterior no le impedía ser una belleza.
Su tez rosada, largo cabello negro ondulado, delicada figura serpenteante y grandes ojos cafés -como los que debería tener un ángel-, eran la delicia de cuanto hombre osara posar sus ojos en ella.
Hombres. Aparte de ser el problema que aqueja a la humanidad, eran una constante dificultad para Teté. No podía encontrar al adecuado, de haberlo para ella.
-Es que busco uno que realmente sea inteligente, superior a la mayoría de los mandriles-, le decía a Katy Ureña, una de sus amistades más preciadas.
-Cálmate, Marie Curie-, le reprochaba.
Ella adolecía de encontrar siempre hombres inconclusos: guapos, pero vacíos; atléticos, pero ingenuos; eróticos, pero banales; tiernos, pero estúpidos; alegres, pero sin compromiso; o listos, pero aburridos.
No había quien pudiera con Teté, la sirena de Colinas de Monjaráz, elegante colonia residencial, en donde nadaba a diario por espacio de una hora.
Podía sostenerle la plática a quien fuera. Era una feroz devoradora de libros y periódicos. Desde niña tuvo pasión por la música, el arte, la ciencia.
Y eso, sus amigas, o quienes se decían sus amigas, no lo entendían. ¿Pasar un viernes por la noche leyendo? ¿Hacer pijamadas para escuchar música? Algo andaba mal con Teté. ¿O era el mundo el que andaba mal?
Esa era la clase de tribulaciones de Teté, que ya tenía una larga lista de parejas ocasionales, o de sexo casual.
Porque eso era algo que a Teté le gustaba, tener sesiones de pasión. Ella pensaba que podría aprender de los hombres, en los momentos de intimidad post coitales. Pero nada de eso sucedía, sólo se comenzó a sentir cada vez más vacía.
Buscaba y buscaba compañía, ya plenamente aturdida de las pláticas insulsas de sus amigas del colegio o la colonia. Le pedía a su amiga Katy que la llamara cada cinco horas, fingiendo haber tenido un accidente, para así poderse escabullir de sus compromisos. A tanto así llegaba la desesperación de esta moderna Sor Juana.

III.- El encuentro

Fue por eso que optó por tomar medidas extremas.
De acostarse con ignaros, con gente aún más vacía que ella, Teté optó por algo más severo: ofrecer su alma y su corazón a quién nunca habría de cruzar palabra, sentimiento, obra u omisión: un pobre.
Ella nunca tuvo problemas de burguesía-proletariado. Ella, desde su trinchera de la izquierda, en un castillo de derecha, hubiera amado un país de igualdad, con queso, pan, vino, y educación para todos. Pero lista como era ella, sabía que eso no iba a pasar.
Cuando subió a su auto, con un apretado pantalón negro, una entallada blusa azul, y zapatos altos, sabía que no quería regresar a su casa ese día. Ni al siguiente. Ni nunca más.
Su mente se iba poco a poco. La música de Serge Gainsbourgh en su auto la alejaba, en vez de acompañarla. Sentía en su estómago, y un poco debajo de él, esa falta, esa arrogancia de no tener, y querer conseguirlo. Se decidió a tener relaciones sexuales esa noche. Pero no con Jean, su pareja habitual. Tampoco con Alfredo, o con Rualdo, y menos con Isaac, ese judío casado al que frecuentaba cuando quería hablar de religión.
Al pasar zumbando los árboles, vio de reojo a un hombre de la calle, vendiendo baratijas para subsistir. Y tuvo el chispazo: tendría sexo con un humilde vagabundo.
De sólo imaginarlo, lloró. Lloró, pero no por imposibilidad, sino por orgullo, por dolor. De hacerlo, no podría volver a ver a sus padres a los ojos. Necesitaba llenarse de valor.
-¿Quiere subir? Necesito que me ayude en algo-, le dijo al vagabundo, que ni tardo ni perezoso abordó al auto.
Un tufo a agrio inundó el auto de Teté, pero ella, como buena chica de sociedad, sabía ocultar a la perfección el total rechazo.
Platicaron por alrededor de 20 minutos. Él se llamaba José, era en otros tiempos un importante arquitecto, pero su vida cambió cuando una de sus obras se colapsó, matando a familias enteras. La única opción que tuvo fue refugiarse en quien nunca falla, nunca abandona, nunca rechaza a nadie: la bebida.
En mucho tiempo, Teté no había tenido una plática similar: estar absorta en la otra persona, sin pensar en nada más. Pero al pasar por la farmacia, supo que necesitaba hacerse de material. Y abundante, porque la noche sería larga.
Se bajó del auto, y pidió lo que necesitaba. Nunca le dio pena. Ni un atisbo de vergüenza.
Y partieron con rumbo a un hotel de tres estrellas. El pago fue en efectivo, sin permitirle al dependiente empezar con dudas o sugerencias.
Penetraron al cuarto. José pidió oportunidad de bañarse, pero Teté se la negó. Le dijo con mucha seriedad, que necesitaba tener sexo con él.
José, no titubeó ni quiso entender el porqué. La sangre comenzó a bajar hacia donde se necesitaba, y atrajo a la dama hacia su maloliente cuerpo. La besó con demencia.
Teté lo recibió en su boca, sin asco. Las lenguas jugaron, se entendieron. Pero Teté aún no estaba lista.
Se separó de él. Le pidió perdón, pero dijo no estar lista todavía. José afirmó con la cabeza, y se sentó en la cama, quitándose su clásica gabardina de vagabundo y sus botas militares perforadas.
Entonces, la aún dama tomó su bolso y fue al baño. Y sacó de ahí lo que compró en la farmacia: barbitúricos, laxantes, analgésicos, antihistamínicos: cuanta pastilla encontró a su paso. No dudó: los comió a mordidas, y los suavizó con un trago de agua o dos.
Su estómago pronto reaccionó, al igual que su psiquis: una extraña calma se apoderó de ella, y así, parsimoniosamente se acercó a José, despojándose de su ropa.
Se acurrucó a su lado. Su sexo estaba duro, plegado a plenitud. Y buscó el de ella.
Teté cooperó, rozaba sus genitales para lubricarse, y no sentir dolor.
Y comenzó la antigua danza. José sabía lo que hacía, no así Teté.
Su cabeza comenzaba a revolucionarse. Al sentirse invadida interiormente por un miembro ajeno, las convulsiones comenzaron. José no se percató de que ella temblaba, tenía ligeros espasmos.
Su mente se iba. Teté cerraba los ojos, y olvidaba. Los abría, y escapaba. No jadeaba ante los embates de José, porque sabía que la espuma podría escurrirse de su boca.
El ritmo de José aumentaba, su cadencia era agradable para las caderas de Teté, que se movía con furia cegadora.
Le pettite mort, como los franceses llaman al orgasmo, se acercaba peligrosamente a ambos cuerpos, que se convirtieron en máquinas perfectamente aceitadas y sincronizadas. Sólo que la mente de Teté estaba a punto de extinguirse. La pena desapareció, el dolor, la ira, el sentimiento de no pertenecer. Teté sintió que una línea se cortaba dentro de ella. Su movimiento fue decreciendo.
Y en ese momento, Teté dejó de soñar, de reír, de sentir, y de respirar, incluso.

jueves, julio 13, 2006

El hombre que amó demasiado

El hombre que amó demasiado


En frío, en calor, con aire, con lluvia; a Emilio Gorostiza le daba lo mismo.
Y no hablamos de comer fideos, sino de amar.
Amar, ese verbo tan comprometedor para los hombres, tan romántico para las mujeres, y sin embargo, desconocido para los animales.
Miles de páginas se han escrito acerca de esa palabreja, y miles más le quedan por escribir a Coelho. Pero nosotros no nos sumaremos a esa lista. Mejor hablemos de Emilio.
Emilio fue desde niño bien parecido. Le encantaba a las mujeres jugar con él, comprarle dulces (pensando quizás en su vejez, y la edad pletórica del muchacho), halagar sus lindos rizos rubios, su sonrisa estremecedora, y demás.
Pero todo eso, acabó por echar a perder al muchacho.
¿Cómo se puede echar a perder a alguien? Fácil, llenándolo de halagos.
Y Emilio, lectores, era una bodega de halagos.
Todo eso terminó por hacer de él un extraño ser, un sujeto sui géneris, alguien rara vez visto, comprendido, o entendido.
De lo que no podía quejarse Emilio era de haber sido amado. Varias docenas de mujercitas hubieran dado lo posible por haber estado con él. Lástima que el antihéroe de esta historia era difícil de atrapar.
Lo que sucedía con Emilio era complicado. En su cabecita, Emilio amaba a muchas mujeres, a cada una por algo en especial, y quizás a varias a la vez.
Expliquemos. Emilio era muy específico en lo que buscaba. Realmente específico, o picky, como dicen las jovencitas núbiles de ahora.
Yo le conocí un hato de parejas.
A una, de cuyo nombre no mencionaré, la amó por su cabello. Suena bastante estúpido, sí, pero para Emilio era una realidad. Lo acariciaba intensamente, con alegría. En su largo leía el futuro: sedoso, claro, con cuerpo. El resto del envase no le interesaba mucho que digamos a Emilio.
Con otra damita, estuvo profundamente enamorado de su sonrisa. En esa blancura del alma, Emilio vio lo que añoraba: dulzura, placer, alegría, entendimiento. Fuera de esa sonrisa, la cual un día hartó con sus chistes misóginos, nada de ella interesaba a nuestro Don Juan del año 2006.
Y así hay una larga lista de niñas: por sus senos, por sus labios, por sus piernas, por sus esfínteres, etc.
Emilio tenía labia, tenía buen aspecto, pero carecía de corazón.
Y no, no en el sentido estricto de la palabra, porque sin es no habría enamorado a tanta persona. No tenía en él el sentido del romance, del compartir, de esforzarse por dar de si algo, sin recibir nada a cambio.
Por eso fue que el hombre que amó demasiado escogió la profesión más interesante del mundo: masajista.
Así, amó indistintamente muy diversas partes del cuerpo. Y por breves instantes. Horas quizá, si el interesado pagaba por ello.
Y así, fue feliz.

sábado, julio 08, 2006

Gracias

Limpieza general

Hoy estoy haciendo limpia general en mi casa. Adiós esos pants rotos, adiós a las cajas de zapatos llenas de recuerdos, y adiós a tus cartas, playeras y discos de regalo.
Tirar todo lo que me diste me parece la mejor opción. No quiero tener conmigo recuerdos de tu partida. Supongo que eso lo aprendí de mis clases de feng-shui.
Debajo de una mesa, al pasar la escoba, me encontré con un cepillo de dientes, de cerdas duras, tan duras que a mi me hubieran tumbado mis sensibles dientes. Obviamente no es mío.
¿Qué hace aquí? No recuerdo que alguna vez alguien haya traído uno consigo.
Pero cómo no! Ya caigo en cuenta. Cuando se te hacía tarde, lo sacabas de tu bolso, te dabas sesión se arriba y abajo, y terminabas con la sonrisa remarcable que siempre tuviste.
Pero bueno. A la basura. No necesito más de él. Es más, ni sabía que formara parte de mi inventario de cosas a tirar.
Pero pensándolo bien...
Creo que me servirá, y de mucho.
Lo voy a utilizar para sacar los recuerdos más profundos, los más difíciles de erradicar.
Comenzaré por olvidar. Seguiré de manera paulatina, tallando, rasgando el baúl de recuerdos.
Acto seguido, frotaré, rasparé mi alma con dolor, quitando hasta el último indicio de ti, de lo malo que dejaste, de lo que en el inconsciente se quedó, con o sin mi permiso.
El proceso no es fácil, el olor a ti todavía permanece en mis papilas olfativas. Tu aroma es fuerte, pero yo lo soy más. Y si no lo soy, deberé serlo.
Listo. Creo que ya quedé limpio. No siento más. No creo que haya algún resquicio donde se avisore la más mínima partícula de ti.
Y ahora sí, a la basura. Adiós, mujercita linda y todos los recuerdos que guardaba de ti.
Y gracias a ti, cepillito, que me fuiste de tanta ayuda tallando el excusado.