El hombre que obturaba
Fotos. Imágenes. Gráficas. Fotoreportajes. Diapositivas. Todo lo que incluyera un encuadre, era la prioridad de Juan Rengo.
Juan Rengo, fotógrafo de oficio y profesión, tenía su vida regida por una cámara. A menudo, se expresaba mejor por medio de la lente de su aparatito fotomecánico, que con palabras.
Lo que sus dos ojos veían, su cuarto ojo lo registraba. El tercero, bueno, ese los hombres entendemos que no sirve precisamente para ver, je je je.
Juan Rengo, hombre de singular apellido y entretenido oficio, no tenía tiempo para una vida normal. Simposios, coberturas, detenerse a captar mariposas, fotoloquios, e interminables horas de exposición y sobreexposición marcaban su horario.
Su primer acercamiento a la fotografía fue por medio de las caricaturas. Sentado en la alfombra, vio a un dibujo animado sorprenderse de cómo un mestizo se retorcía de dolor y se horrorizaba luego de que le tomara una foto.
-Me has robado el alma, voy a morir-, dijo el atormentado personaje.
Juanito corrió con su padre a preguntarle acerca del comentario anterior que vio en la televisión. Su padre le dijo que eran mentiras, claro está.
Pero sacarle a un niño una verdad dicha por la televisión es cosa complicada. Desde ahí, Juan Rengo comenzó a interesarse religiosamente por la fotografía: en vez de cuentos infantiles, pedía que le narraran fotografías.
Decenas de álbums de estampitas comenzaron a ser coleccionados por Juanito, para clavarse en las imágenes: colores, olores, y sobretodo, expresiones faciales de los allía aparecidos: ninguno realmente parecía carecer del alma.
Desde aquel dibujo animado, Juan Rengo sabía que sería fotógrafo, con el único fin de algún día saber si era posible capturar un alma.
Hombre solitario y afanosamente dedicado a Camila, su cámara digital, los lugares de esparcimiento de Juan Rengo siempre fueron centros de revelado, cuartos oscuros, y museos y exposiciones fotográficas.
Incluso su lenguaje era fonéticamente fotográfico. Si la carne estaba término medio, el aducía que estaba subexpuesta. Si hacía mucho calor, pedía que cerraran las cortinillas. Si conocía a alguien de menuda estatura, decía que estaba en contrapicada. No le gustaba bailar, porque se barrería. Y siempre saludaba con un cordial -¿qué rollo?-.
En términos severos, era un hombre normal. Pero para los que lo conocimos bien, era todo un espécimen.
Su olor a vinagre causaba rechazo. Pero era su esencia a fijador la que le ahuyentaba a amigos y conocidos. Era pálido como un escualo, pero sólo en un cuarto oscuro podría verse lo moreno de su piel. Cuidaba a sus manos como bailarina a sus piernas, porque sus dedos mágicos y veloces podían captar esencias, momentos, escenas, gestos y desencantos, pero no almas.
Publicaba fotos por doquier. Por eso el término “Rengo” pasó a formar parte del caló de los entendidos: periodistas, colegas forógrafos, curadores y demás. Ellos veían en su arte lo que era: un magnificente encuentro de formas, colores, emociones. Los premios le llegaban por aquí y por allá, pero sus discursos de aceptación eran similares a las palabras que emite un familiar en un velorio.
-Me halaga todo esto, pero aún no encuentro el motivo de su sorpresa. Mi trabajo es funcional, pero vacío. Aún no encuentro lo que busco en la fotografía-, lo escuché decir en alguna ocasión.
Y no, aún no hallaba el alma. Revisaba su archivo minuciosamente. Horas y horas pasó con una lupa, tratando de encontrar en su computadora, sus carpetas, sus portafolios, algún indicio de lo que fuera un alma en una foto.
Como entendía que la cámara podía ser la de la falla, cambió a Camila por Renata, una caprichosa maquinaria de esas que llaman digitales, las que captan la escena, pero le resta magia al acto de obturar.
Y así se fue haciendo de parejas: Armandina, Idalia, Teresa, Georgina, Elena, Silvia, Mónica, Paola, y bueno, hasta Boris, un modelito ruso que nunca logró dominar del todo.
Pero nada. Tomaba a ritmo de 100, 200, incluso 300 fotografías en un día, todas ellas de técnica depurada, pero nada cercano a un alma.
Subsistía tomando fotos, pero Juan Rengo quería ayuda, nuevas ideas, experiencias diferentes. Comenzó a dar clases de fotografía, primero privadas, luego en escuelas. Con sus alumnos sobresalientes, se abría como obturador, y les exponía su motivo de búsqueda. Caras de asombro fue lo que recibió. Burlas incluso.
Conoció a algunos de sus ídolos: Álvarez Bravo, Richard Avedon, Joel Peter-Witkin. Ninguno tuvo palabras para él.
-El alma no puede captarse, sólo su esencia es recreable-, le dijeron.
Cada fracaso representaba para él un vacío.
Se fue llenando de papeles fotográficos, mañas, ilusiones rotas. Su mente comenzaba a imaginar, a maquinar cómo podría lograr su cometido, incluso de manera trucada.
Programas fotográficos le sirvieron de poca cosa.
¿Cómo se vería un alma?
Una mujer llegó a su vida, pero en un corto fade-in, se fue de ella, desvaneciéndose como la luz de un cerillo en la ventisca. Sus modos, sus maneras, sus olores, eran los de un hombre que nació para no estar.
Y viajó. Y viajó. Y nunca estuvo donde estuvo.
Capturaba, pero no dejaba rastro de sí mismo.
Cada vez fueron más esporádicas sus apariciones. Parecía que con la luz, Juan Rengo se velaba.
Una guerra estalló en el lejano oriente. Lo suyo nunca fue la crudeza, la vileza del ser humano en sus más bajas formas, pero Juan Rengo hizo la hombrada, acudió a un periódico de su ciudad, y pidió la cobertura.
-Es arriesgado, Rengo. Allá tratan a los periodistas como basura-, dijo su editor.
-¿Y en dónde no?-, dijo amargamente Rengo.
Casco, chaleco, mochila, Camila y Paola acompañaron a Juan Rengo en su viaje, para el cual, macabramente sólo escogió sólo boleto de ida. -Quién sabe cuánto dure la guerra-, pensó una parte de si.
Y llegó a la tierra del conflicto. Los ojos rasgados le parecían diafragmas a medio abrir. Cambiaban las luces, las tonalidades, los amaneceres. Los rostros eran de desesperanza, dolor. Juan Rengo estaba feliz.
Acompañándose de Yu Guan, un traductor amable pero feroz a la hora de conducir, Juan Rengo fue poco a poco fotografiando la cruenta guerra.
Niños despedazados, carros en llamas, hospitales repletos. El diario se llevaba en exclusiva material valiosísimo, pero que para Juan Rengo valía una mierda.
Captó justamente cuando un hombre moría a causa de un feroz machetazo en el cuello. Oprimió el disparador, y su motor captó con exactitud 27 cuadros de mortuoria belleza: el chorro de sangre, la indignante sonrisa del agresor, y si pudiera detectar sonidos u olores, seguramente los tendría.
Escondido, Juan Rengo sonreía. El momento exacto en que la vida abandonaba a ese pobre hombre, estaba en su cámara. Lo más cercano a retratar un alma, lo tenía en sus manos.
En su cuarto de revelado, Juan Rengo lloraba. No obtuvo más que fotos crueles. Nada de alma, nada de espíritu, nada de los que los cienciólogos llaman thetán. Obtendría premios, sí, pero él sólo quería un alma.
Descorazonado, con la voluntad quebrantada y su valía como ser humano disminuida, Juan Rengo se olvidó de sí mismo. Su barba creció, su pelo se pudrió, su cara era irreconocible.
Una mañana, supo por Yu Guan que habría una expedición a la selva, en la que el ejército enemigo tomaría rehenes a varios campesinos. Tomó su casco, tomó a Camila, y se fue con rumbo desconocido.
La selva, esa maraña de árboles, bichos infectos, agua peligrosa y lluvia intermitente, era detestable para Juan Rengo. A estas alturas de su vida, todo le era abominable: su profesión, sus lentes, sus teorías de la imagen.
El guía les dijo que se detuvieran, pero en vocablos ilegibles. Juan Rengo siguió su camino. El alma tendría que estar por allí, en la selva.
Y entonces, Juan Rengo, fotógrafo de oficio y profesión, piso inadvertidamente una mina terrestre, volando su cuerpo en mil y un pedazos, los cuales se esparcieron por doquier.
Así de irónico fue el destino con Rengo: murió al escucharse un “click” bajo sus pies.

7 Comentarios:
Excelente historia, mi buen Castañeda, como ya se le hizo costumbre.
Besitos ascórbicos...
10:25 AM
El Rengo, rengueó en la mina, jejejejeje. pobre muchacho, por andar buscando el alma, mejor se hubiera quedado sin ella.
bienvenido a los cuentos de nuevo vergas, saludos!
1:43 PM
"La vida misma es así"...
Me ha gustado mucho esta historia! Bonito fin el de Juan Rengo, después de todo, ¿no? morir en busca de un alma...(chale!)
7:25 PM
un lindo caso de humor negro. Delicious
8:05 PM
nadie como tu, tengo que reconocer que este es el mejor blog que he leído...
10:35 AM
he llorao,hacia falta perder el alma y al fin no encontrar ni siquiera la misma?
11:42 PM
de: Oscar Martinez Vazquez
La funcion de un cuento es contar una historia... y como principiante en las letras vas mas o menos bien... pero a todas tus historias les falta la solidez que generan las palabras, esa solidez que hace que vuele tu imaginacion, pues al final de cada "cuento" lo unico que queda en la mente del lector es una idea vaga, puedes resumir tu historia a una sola oracion y no pasa nada, pues no evoca emociones, lugares, sensaciones... pero sigue asi y tal vez un dia de estos consigas escribir de verdad un cuento.
9:37 PM
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