Antes esto era llamado "De Eduardo Castañeda para el mundo", pero como nunca pasaba de 7 comentarios en una entrada, le di gas. Aquí encontrarás un pequeñísimo pedazo de mi vida, amores, errores, calores, etc. A su salud!

jueves, julio 13, 2006

El hombre que amó demasiado

El hombre que amó demasiado


En frío, en calor, con aire, con lluvia; a Emilio Gorostiza le daba lo mismo.
Y no hablamos de comer fideos, sino de amar.
Amar, ese verbo tan comprometedor para los hombres, tan romántico para las mujeres, y sin embargo, desconocido para los animales.
Miles de páginas se han escrito acerca de esa palabreja, y miles más le quedan por escribir a Coelho. Pero nosotros no nos sumaremos a esa lista. Mejor hablemos de Emilio.
Emilio fue desde niño bien parecido. Le encantaba a las mujeres jugar con él, comprarle dulces (pensando quizás en su vejez, y la edad pletórica del muchacho), halagar sus lindos rizos rubios, su sonrisa estremecedora, y demás.
Pero todo eso, acabó por echar a perder al muchacho.
¿Cómo se puede echar a perder a alguien? Fácil, llenándolo de halagos.
Y Emilio, lectores, era una bodega de halagos.
Todo eso terminó por hacer de él un extraño ser, un sujeto sui géneris, alguien rara vez visto, comprendido, o entendido.
De lo que no podía quejarse Emilio era de haber sido amado. Varias docenas de mujercitas hubieran dado lo posible por haber estado con él. Lástima que el antihéroe de esta historia era difícil de atrapar.
Lo que sucedía con Emilio era complicado. En su cabecita, Emilio amaba a muchas mujeres, a cada una por algo en especial, y quizás a varias a la vez.
Expliquemos. Emilio era muy específico en lo que buscaba. Realmente específico, o picky, como dicen las jovencitas núbiles de ahora.
Yo le conocí un hato de parejas.
A una, de cuyo nombre no mencionaré, la amó por su cabello. Suena bastante estúpido, sí, pero para Emilio era una realidad. Lo acariciaba intensamente, con alegría. En su largo leía el futuro: sedoso, claro, con cuerpo. El resto del envase no le interesaba mucho que digamos a Emilio.
Con otra damita, estuvo profundamente enamorado de su sonrisa. En esa blancura del alma, Emilio vio lo que añoraba: dulzura, placer, alegría, entendimiento. Fuera de esa sonrisa, la cual un día hartó con sus chistes misóginos, nada de ella interesaba a nuestro Don Juan del año 2006.
Y así hay una larga lista de niñas: por sus senos, por sus labios, por sus piernas, por sus esfínteres, etc.
Emilio tenía labia, tenía buen aspecto, pero carecía de corazón.
Y no, no en el sentido estricto de la palabra, porque sin es no habría enamorado a tanta persona. No tenía en él el sentido del romance, del compartir, de esforzarse por dar de si algo, sin recibir nada a cambio.
Por eso fue que el hombre que amó demasiado escogió la profesión más interesante del mundo: masajista.
Así, amó indistintamente muy diversas partes del cuerpo. Y por breves instantes. Horas quizá, si el interesado pagaba por ello.
Y así, fue feliz.

4 Comentarios:

Anonymous Anónimo dijo...

era muy enamorao el muchacho. vergas, masajista, vaya profesión de algunos seres felices, hasta el peor esperpento debe tener un pezón bonito o algo así

1:53 PM

 
Anonymous Anónimo dijo...

jajajajajajaajajajajajajaa...
Ay Eduardo, de verdad que siempre me impresionan tus escritos y tu vocabulario dominguero, eres el mejor bloguero que he leído, ya escribe tu libro!

8:34 AM

 
Anonymous Anónimo dijo...

Me apunto a lo de que escribas un libro. Realmente tienes buenas ideas.

Con respecto a Emilio, es triste pero creo conocer a unos cuantos asi.

12:39 PM

 
Anonymous Anónimo dijo...

hummm.... como que iba muy bien el cuento y lo cortaste muy rapido con lo de su profesion de masajista... te falto desarrollarla mas, pero otra vez muy original y buena historia

Lectora Fugaz

9:33 AM

 

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