Antes esto era llamado "De Eduardo Castañeda para el mundo", pero como nunca pasaba de 7 comentarios en una entrada, le di gas. Aquí encontrarás un pequeñísimo pedazo de mi vida, amores, errores, calores, etc. A su salud!

sábado, julio 15, 2006

Señorita soltera de sociedad busca...

I.- La búsqueda

Circulando a toda velocidad por el boulevard, Hortensia Ruvalcaba trataba de evadirse a sí misma.
Con una sociedad que le impedía desenvolverse a plenitud, una familia demasiado recatada, y un hato de amigas bobas, ella estaba a punto de realizar lo que nunca imaginó que tendría que llegar a hacer.
Con su auto deportivo, daba vueltas por las avenidas concurridas de la ciudad. Cambió de dirección hacia una calle de mala fama. Sin proponérselo demasiado, divisó a través del vidrio delantero su objetivo: un harapiento vagabundo, de pelos enmarañados, moreno de tanta mugre. El vehículo se acercó peligrosamente a él, y frenó de súbito.
Ella tomó aliento. Oprimió el botón que electrónicamente bajó su vidrio izquierdo, e invitó al mamarracho a subir.

II.- La pérdida

Hortensia Ruvalcaba Dubai, bella, inteligente y sarcástica damita de sociedad, de 21 años, buscaba emociones.
Teté, como la bautizaron sus amigas del colegio danés, era a todas luces una gran chica: sabía varios idiomas, en cuanto a música se las sabía de todas, todas; tenía en su porvenir una gran carrera como abogada, había viajado por buena parte del mundo para conocer distintos usos y costumbres, era amable y educada, y todo lo anterior no le impedía ser una belleza.
Su tez rosada, largo cabello negro ondulado, delicada figura serpenteante y grandes ojos cafés -como los que debería tener un ángel-, eran la delicia de cuanto hombre osara posar sus ojos en ella.
Hombres. Aparte de ser el problema que aqueja a la humanidad, eran una constante dificultad para Teté. No podía encontrar al adecuado, de haberlo para ella.
-Es que busco uno que realmente sea inteligente, superior a la mayoría de los mandriles-, le decía a Katy Ureña, una de sus amistades más preciadas.
-Cálmate, Marie Curie-, le reprochaba.
Ella adolecía de encontrar siempre hombres inconclusos: guapos, pero vacíos; atléticos, pero ingenuos; eróticos, pero banales; tiernos, pero estúpidos; alegres, pero sin compromiso; o listos, pero aburridos.
No había quien pudiera con Teté, la sirena de Colinas de Monjaráz, elegante colonia residencial, en donde nadaba a diario por espacio de una hora.
Podía sostenerle la plática a quien fuera. Era una feroz devoradora de libros y periódicos. Desde niña tuvo pasión por la música, el arte, la ciencia.
Y eso, sus amigas, o quienes se decían sus amigas, no lo entendían. ¿Pasar un viernes por la noche leyendo? ¿Hacer pijamadas para escuchar música? Algo andaba mal con Teté. ¿O era el mundo el que andaba mal?
Esa era la clase de tribulaciones de Teté, que ya tenía una larga lista de parejas ocasionales, o de sexo casual.
Porque eso era algo que a Teté le gustaba, tener sesiones de pasión. Ella pensaba que podría aprender de los hombres, en los momentos de intimidad post coitales. Pero nada de eso sucedía, sólo se comenzó a sentir cada vez más vacía.
Buscaba y buscaba compañía, ya plenamente aturdida de las pláticas insulsas de sus amigas del colegio o la colonia. Le pedía a su amiga Katy que la llamara cada cinco horas, fingiendo haber tenido un accidente, para así poderse escabullir de sus compromisos. A tanto así llegaba la desesperación de esta moderna Sor Juana.

III.- El encuentro

Fue por eso que optó por tomar medidas extremas.
De acostarse con ignaros, con gente aún más vacía que ella, Teté optó por algo más severo: ofrecer su alma y su corazón a quién nunca habría de cruzar palabra, sentimiento, obra u omisión: un pobre.
Ella nunca tuvo problemas de burguesía-proletariado. Ella, desde su trinchera de la izquierda, en un castillo de derecha, hubiera amado un país de igualdad, con queso, pan, vino, y educación para todos. Pero lista como era ella, sabía que eso no iba a pasar.
Cuando subió a su auto, con un apretado pantalón negro, una entallada blusa azul, y zapatos altos, sabía que no quería regresar a su casa ese día. Ni al siguiente. Ni nunca más.
Su mente se iba poco a poco. La música de Serge Gainsbourgh en su auto la alejaba, en vez de acompañarla. Sentía en su estómago, y un poco debajo de él, esa falta, esa arrogancia de no tener, y querer conseguirlo. Se decidió a tener relaciones sexuales esa noche. Pero no con Jean, su pareja habitual. Tampoco con Alfredo, o con Rualdo, y menos con Isaac, ese judío casado al que frecuentaba cuando quería hablar de religión.
Al pasar zumbando los árboles, vio de reojo a un hombre de la calle, vendiendo baratijas para subsistir. Y tuvo el chispazo: tendría sexo con un humilde vagabundo.
De sólo imaginarlo, lloró. Lloró, pero no por imposibilidad, sino por orgullo, por dolor. De hacerlo, no podría volver a ver a sus padres a los ojos. Necesitaba llenarse de valor.
-¿Quiere subir? Necesito que me ayude en algo-, le dijo al vagabundo, que ni tardo ni perezoso abordó al auto.
Un tufo a agrio inundó el auto de Teté, pero ella, como buena chica de sociedad, sabía ocultar a la perfección el total rechazo.
Platicaron por alrededor de 20 minutos. Él se llamaba José, era en otros tiempos un importante arquitecto, pero su vida cambió cuando una de sus obras se colapsó, matando a familias enteras. La única opción que tuvo fue refugiarse en quien nunca falla, nunca abandona, nunca rechaza a nadie: la bebida.
En mucho tiempo, Teté no había tenido una plática similar: estar absorta en la otra persona, sin pensar en nada más. Pero al pasar por la farmacia, supo que necesitaba hacerse de material. Y abundante, porque la noche sería larga.
Se bajó del auto, y pidió lo que necesitaba. Nunca le dio pena. Ni un atisbo de vergüenza.
Y partieron con rumbo a un hotel de tres estrellas. El pago fue en efectivo, sin permitirle al dependiente empezar con dudas o sugerencias.
Penetraron al cuarto. José pidió oportunidad de bañarse, pero Teté se la negó. Le dijo con mucha seriedad, que necesitaba tener sexo con él.
José, no titubeó ni quiso entender el porqué. La sangre comenzó a bajar hacia donde se necesitaba, y atrajo a la dama hacia su maloliente cuerpo. La besó con demencia.
Teté lo recibió en su boca, sin asco. Las lenguas jugaron, se entendieron. Pero Teté aún no estaba lista.
Se separó de él. Le pidió perdón, pero dijo no estar lista todavía. José afirmó con la cabeza, y se sentó en la cama, quitándose su clásica gabardina de vagabundo y sus botas militares perforadas.
Entonces, la aún dama tomó su bolso y fue al baño. Y sacó de ahí lo que compró en la farmacia: barbitúricos, laxantes, analgésicos, antihistamínicos: cuanta pastilla encontró a su paso. No dudó: los comió a mordidas, y los suavizó con un trago de agua o dos.
Su estómago pronto reaccionó, al igual que su psiquis: una extraña calma se apoderó de ella, y así, parsimoniosamente se acercó a José, despojándose de su ropa.
Se acurrucó a su lado. Su sexo estaba duro, plegado a plenitud. Y buscó el de ella.
Teté cooperó, rozaba sus genitales para lubricarse, y no sentir dolor.
Y comenzó la antigua danza. José sabía lo que hacía, no así Teté.
Su cabeza comenzaba a revolucionarse. Al sentirse invadida interiormente por un miembro ajeno, las convulsiones comenzaron. José no se percató de que ella temblaba, tenía ligeros espasmos.
Su mente se iba. Teté cerraba los ojos, y olvidaba. Los abría, y escapaba. No jadeaba ante los embates de José, porque sabía que la espuma podría escurrirse de su boca.
El ritmo de José aumentaba, su cadencia era agradable para las caderas de Teté, que se movía con furia cegadora.
Le pettite mort, como los franceses llaman al orgasmo, se acercaba peligrosamente a ambos cuerpos, que se convirtieron en máquinas perfectamente aceitadas y sincronizadas. Sólo que la mente de Teté estaba a punto de extinguirse. La pena desapareció, el dolor, la ira, el sentimiento de no pertenecer. Teté sintió que una línea se cortaba dentro de ella. Su movimiento fue decreciendo.
Y en ese momento, Teté dejó de soñar, de reír, de sentir, y de respirar, incluso.

8 Comentarios:

Anonymous Ingrid dijo...

Holaa!!!

oiga, pues ke padre esta todo lo k escribe
la vdd mis respetos, para escribir todo eso a lo ke io puedo llamar sentimientos,
la vdd son cosas de la vida real, ke por x o y pasa, pero pasa...

Saludos ex profe!!!y pues k siga escribiendo muchas mas, y algun dia sere como usted, jajajaja

bueno bye bye

8:06 PM

 
Anonymous Aurora dijo...

Hola morrito,

Chido el final del cuento, ya no sabe uno si es valor o cobardía, solo Teté lo sabía.

Es tu estilo, me gusta como lo desarrollas, dannos más.

Un beso, saludos.

7:56 AM

 
Anonymous Anónimo dijo...

Me encantó, pero por qué siempre tiene que haber un trágico final...? mejor escribe algo estilo chic flick

saludos!

8:09 AM

 
Anonymous Anónimo dijo...

pobre de teté, ¿cómo se le hace llamar al sexo con pordioseros, estando al borde de la muerte suicida? caso rudo para los sexólogos, yo quiero plegarme a las amigas boba de teté, jajaja.saludos vergas!

9:27 AM

 
Anonymous Magally G. dijo...

Hola...

Primera vez que entro a tu blog, primera vez que leo.... lo que escribes, y la verdad me gusto mucho... y no creas he visto textos de amigos y amigas, y son pocos los que me llaman la atencion...
y me gusta que desarrollas muy bien la historia, eres muy detallista...
Mis Respetos...
Sabes lo que haces..
Y lo haces muy bien..
Intentare estar entrando mas seguido aqui.,....

Saludos... que tengas excelente dia.....

9:36 AM

 
Anonymous Amalia Martínez dijo...

Mi muy estimado señor:
Los laxantes no eran necesarios para el suicidio, se lo aseguro. Bien pudieron haberle hecho pasar una vergüenza a la señorita Tencha durante tan maravilloso acto. Luego te digo con que se suicidan las señoritas de sociedad.
Buena historia...

6:14 PM

 
Anonymous Anónimo dijo...

muy buena historia!!!

Aunque no me explico como Tete pudo soportar el hedor de Jose, solo de imaginarmelo me dan nauseas...
La trama de la historia estuvo super bien desarrollada, sigue asi

Lectora fugaz...

9:27 AM

 
Anonymous Jesús dijo...

que onda Eduardo, excelente el cuento nuevo...

Por cierto, si yo hubiera sido profesor de ingrid (la chica que comentó primero) la habría reprobado por esa fea forma de escribir... estos jóvenes de hoy... jaja..

Saludotes

8:54 PM

 

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