Últimas palabras
Estaba decidido que ese reo perecería fusilado. Sus crímenes contra la humanidad no le daban otra oportunidad.
El baño de sangre no le caía muy bien, pero sería su destino. El largo brazo de la ley había caído sobre él, y nada había que hacer al respecto.
Ya estaba en sus últimas horas, el paredón ya se la había sido asignado.
Lo que pasaría por su mente era un misterio. Miraba fijamente la pared, los barrotes. Sus pies. Nunca pudo corregir esa cojera que tuvo desde aquel culatazo que recibió en su época estudiantil y de revueltas.
¿Tendría tumba? Probablemente no.
¿Qué le gustaría que dijera su lápida? En otros momentos de la vida, quizás le hubiera gustado pensar en esa hipotética pregunta, que casi siempre se contesta de la manera más cómica posible. Pero ahora, en que se sabe que se va a morir, y todo rastro de infancia se borra de la mente, es lo peor que un ser humano podría preguntarle.
Y sin embargo, lo pensaba.
“Aquí yace ........,, un hombre que peleó por sus ideales”. No, muy cursi.
“Amé, peleé, trascendí”. Muy filosofal.
“Nunca imaginaron que llegaría hasta aquí”. Un viejo chiste privado.
“Siempre lo supe”. Arrogante y momentáneo.
Pero como sabía que sólo en un caso muy extremo tendría un lugar en el cual reposarían sus restos, no le convenía gastar energías en eso.
Ya pensativo, el reo de la crujía Este pensó en lo que había sido su vida. Repasó lo importante, lo divertido, lo rebajante que tuvo que pasar.
Cuando escuchó la sentencia que le dieron en la fiscalía, no entendió bien los cargos. “Crímenes de lesa humanidad”, dictaminó el juez.
Matar a decenas de personas con un fin, el de ser leales a la patria, no le parecía nada malo. Esos malditos y malditas que aunque se consideraban nacionalistas, que nunca hicieron nada por su país, para él era un justo castigo que murieran, ya sea del famoso tiro de gracia, de un empujón de la azotea de un edificio, o tirados por un precipicio.
Su mirada, recia, retadora, incipiente, era lo último que muchos vieron antes de morir. Esos ojos como de trueno, podían ablandar a cualquiera. Y si no lo ablandaban, los gusanos lo harían.
Su carácter, plano, estéril, fuerte como el roble, había demostrado ser inquebrantable. Ni ante la muerte de seres queridos se había doblado.
Y ahora no era momento de mostrar flaqueza. Ya en un par de minutos vendrían los gendarmes a llevarlo al matadero.
Ansiaba un cigarro. Quería dar sus últimas caladas, una última inhalación, antes de su última exhalación.
El arrepentimiento, ese sentimiento tan católico, no tenía cabida en su mente. Él hizo todo lo que quiso, permitido, ético, ruin o no. Pero ya era tarde para eso.
Escuchó los pasos de gente acercándose. Eran sus captores y verdugos.
Dio un profundo respiro, y se puso de pie. Encaró a las gentes, con esas cejas horripilantes, y tu tez curtida por el sol.
Los guardias abrieron la puerta, y le mostraron sus armas, para que no intentara nada estúpido. Lo intentaron esposar, pero él se negó con un gesto.
No tenía escapatoria. Caminaba pesadamente.
Lo empujaron los gendarmes, golpeándolo con el rifle en las costillas.
Con una mueca, se quejó.
Este hombre tan rudo, viril y fuerte, nunca fue de los que se quejaban cuando alguien increpaba en su contra. Pronunció 5 ó 6 groserías a lo largo de toda su vida.
Lo obligaron a caminar más rápido. Lo insultaban.
Llegó su paciencia a su límite. El hombre, simplemente, volteó contra sus agresores, y les dijo:
“En los últimos momentos sobre esta tierra que me conceda Dios, yo soy el amo, no ustedes…”.

2 Comentarios:
No bien terminó de decir "yo soy el amo, no ustedes", cuando un fusil penetró su ano, jajajaj.
saludos vergas!
9:46 AM
Esta chingon tu blog hermano pero ya avienta mas! una actualizacion por piedad! ¿o que? ¿o mas bien o que?
8:10 AM
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