Aprendamos a insultarnos
En sus “Instrucciones para vivir en México”, Jorge Ibargüengoitia aseguraba que el insulto era un arte en decadencia: “Los insultos tradicionales, considerados en su función de motores de la relación entre insultante e insultado, tienen defectos muy graves, uno es que carecen de elasticidad y conducen al diálogo por caminos muy trillados que terminan siempre en un impasse.
“No hay nada más aburrido que oír a dos personas insultarse siguiendo el orden acostumbrado, para acabar diciendo:
—¿Qué?
—¿Pos qué de qué?
—Lo que quieras, buey.
Al llegar a ese punto nefasto, los contendientes llegan a las manos o empiezan a decir ‘deténganme, porque lo mato’.”
Y, sin embargo, hay de insultos a insultos. El sarcasmo, parodiando a De Quincy, puede transformar al insulto en una forma de las bellas artes: el sarcasmo es un insulto mejorado. “La enciclopedia del idioma” y el “Diccionario ideológico de la lengua española” coinciden en que el sarcasmo es una burla sangrienta, mordaz y cruel. Cuando la retórica nos alcance, también podremos decir que es una figura del idioma que consiste en emplear esta especie de ironía o burla.
Convengamos en que nadie, como en los insultos mexicanos, llega a los puños o a la sangre por culpa de un sarcasmo. Juego de inteligencia, el sarcasmo necesita del talento y, casi, de respuestas precoces:
“Él: ¿Ensayamos una posición diferente esta noche?
“Ella: Buena idea, tú planchas y yo me siento en el sofá a ver televisión”.
Hay formas muy simples de sarcasmo, otras, como las de Oscar Wilde o Groucho Marx, son más elaboradas. Neuropsychology, HealthDay News, Slashdot y The Guardian han registrado, en los últimos días, una nueva disección del sarcasmo. La doctora Simone Shamay-Tsoory, quien ejerce como psicóloga del Centro Médico Rambam de Haifa y de la Universidad de Haifa, en Israel, le comentó a The Guardian: “El sarcasmo está relacionado con nuestra capacidad para entender el estado mental de otras personas. No se trata simplemente de una forma lingüística, también está relacionado con la cognición social”.
Según el equipo de investigadores de Shamay-Tsoory, “la capacidad de entender el sarcasmo depende de una secuencia cuidadosamente orquestada de capacidades cognitivas complejas en determinadas partes del cerebro”. Los estudios revelaron que determinadas zonas del cerebro que descifran el sarcasmo y la ironía también procesan el lenguaje. “Comprender el estado mental y las emociones de otra gente está relacionado con nuestra capacidad para entender el sarcasmo”, aseguró.
El equipo israelí convocó a 41 personas que habían sufrido un daño cerebral leve frente a 17 sanas. ¿La conclusión? A las personas con daño en el lóbulo prefrontal les costaba detectar el sarcasmo. Los sanos, algunos con un daño cerebral en otra zona, ubicaron bien los comentarios sarcásticos.
Shamay-Tsoory afirma que quienes padecen un daño en el lóbulo prefrontal son capaces de mantener y entender una conversación: “Su problema es entender cuando la gente habla en un discurso indirecto y utiliza ironía, expresiones o metáforas porque toman cada oración literalmente. Entienden la frase tal cual es y no pueden detectar si el verdadero significado es el opuesto al sentido literal”.
En una sociedad dominada por lo que Sartori llama “homo videns” y no por el “homo ludens”, ¿hay lugar para el sarcasmo? Más acá de los problemas del lóbulo prefrontal, ¿no estaremos todos perdiendo la capacidad del diálogo y, en consecuencia, la ironía? ¿El estado mental de nuestras sociedades contemporáneas da todavía para el sarcasmo? ¿Se encuentra el sarcasmo en decadencia?
“Discúlpeme, no le había reconocido: he cambiado mucho”, escribió alguna vez Oscar Wilde. El sarcasmo no sólo es un insulto elegante, también puede convertirse en aforismo y en risa o sonrisa con uno mismo. Para comprobarlo está el epitafio de Groucho Marx: “Perdonen que no me levante”.
En la red, como siempre, se encuentran los mejores ejemplos de sarcasmos “cotidianos”, pero que poco tienen qué ver con los verdaderos diálogos de pareja. Sarcasmos de ficción emparentados más con la pretensión de chiste que con la burla:
“Él: ¿Por qué nunca me dices cuando tienes un orgasmo?
“Ella: Lo haría, pero nunca estás ahí”.
Mordacidad, burla, crueldad, sustantivos emparentados con esta figura del idioma. Por eso, Carlyle reconoció en el sarcasmo “el lenguaje del diablo”.

3 Comentarios:
¿Sospechas que alguien con daño en lóbulo prefrontal ha leído alguna vez tu blog?
Buen escrito. Tal vez motive a tus lectores(as) a buscar la manera de insultarte mejor.
Saludos!!!
AMC
10:05 PM
Pues sí, es un arte; totalmente innecesario, como todo arte, pero hace falta, como el méndigo arte; aunque por estos tiempos que corren todo se reduce a memorizar cuatro frases de Groucho y ser el alma de la fiesta. Saludos.
9:12 AM
Saludos Eduardo!!! Muy buenos escritos, como siempre. Ibargüengoitia rules!!!
12:03 AM
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